Utopia

Debemos sospechar de las ideas perfectas que sólo existen en la imaginación

En uno de sus poemas, Julio Martínez Mesanza traza el retrato de un reino donde sus marinos se emborrachan a menudo y empiezan a hablar «de un país incierto / que dicen conocer. En esa tierra / no existe la codicia y sólo leyes / benignas la gobiernan». Ese lugar responde al nombre de Utopía; nadie sabe dónde se encuentra, aunque los hombres que han perdido la cordura hablen de él sin cesar. «Si existiera / su soñado país, sería un fraude: / ningún hombre en sus fábulas he visto, / sólo un plan sin relieve y una vida / sin amigos, caballos ni horizontes». Es decir, un país hermoso pero ilusorio, fruto de una imaginación que ha abandonado el sentido de la realidad y de lo posible; un lugar en definitiva “que ofende al hombre”, porque no existe un amor al ser humano que, a su vez, no respete la profunda dignidad de su imperfección. El cardenal John Henry Newman argumentó de un modo muy similar su escepticismo hacia las ideologías de laboratorio. Más que la verdad de una idea, le interesaba comprobar su realidad: su plasmación histórica en una sociedad y un tiempo concretos. ¿De qué nos sirve afirmar con aspavientos que no somos libres si hay tantos aspectos de la libertad ideal que no pueden ponerse en práctica debido a la propia condición humana? «¿Qué es esto –escribió Newman refiriéndose a las abstracciones que podemos tildar de utópicas– sino imaginar un camino sobre montañas y ríos que nunca antes ha sido trazado?». Ideas que nos excitan o nos divierten, aunque que al final sólo muestran su incapacidad para «lidiar con las cosas tal cual son».

Anudar las ideas a la realidad no es un mal consejo, cuando la política europea ha perdido el sentido de la moderación. Realidad es saber que nuestro mundo –a pesar de todos los pesares– ha avanzado en términos de progreso, bienestar y reconocimiento de derechos y libertades como nunca antes en la Historia. Realidad es conceder a la ley su valor de garante y a la tradición su sentido moral, en lo que tienen precisamente de conocimiento de la experiencia humana. Realidad es la difícil concreción de las ideas –así como sus efectos en los hombres– y no el maniqueísmo que plantea continuamente un falso dilema entre el todo y la nada, entre la perfección y la inmoralidad. Por supuesto, no es lo mismo practicar la justicia con los hombres que llenarnos la boca con ella. Lo primero es mucho más difícil. Lo primero nos sitúa ante la borrosa línea de los límites, lo segundo conduce a la autosatisfacción de los que se consideran moralmente superiores. En el primer caso, puede darse la ejemplaridad; en el segundo, no. Lidiar con las cosas tal cual son; aspirar a mejorarlas y transformarlas –como se construyen todos los edificios civilizados– nos preserva de la penosa dictadura de un sentimentalismo vociferante e inestable que empuja a las sociedades a alzarse contra sí mismas.

Hay que tener cordura con los hombres que se pierden en la utopía, dice Mesanza en su poema, “que hablen”. Pero dejar que conversen animadamente no significa que debamos despreciar la necesaria belleza de la sobriedad. Vivimos un periodo que exige la mano tendida del realismo y la inteligencia precisa de los hechos, más que el cultivo de los sentimientos hostiles que discursean en nombre de una verdad falsa e irreal.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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