Ley de vida

A comienzos de mayo, mientras masticaba un bizcocho de almendras, noté una dureza ligeramente aristada entre los dientes. Me pregunté qué demonios habrían metido en la masa: un chinarro quizá o un fragmento de cáscara de almendra, tan resistente que, de niño, en la finca de mis abuelos, tenía que romperla con el canto de una piedra. Al escupirla vi un conglomerado más grisáceo que negro, del tamaño de media uña. Pegada a él, una calcificación de un color blanco fatigado. No necesité que la lengua me confirmara lo que resultaba evidente: una muela, con su correspondiente empaste, se había partido. A esa hora, el sol tardío anunciaba la relajada extensión de los días. A mi lado, un grupo de ciclistas alemanes daba cumplida cuenta de unos sándwiches de jamón. Un gato merodeaba entre las mesas en busca de migas en el suelo. Al llegar a mi mesa, me miró con prevención, indeciso. Quizás esperase un trozo del bizcocho que había apartado, mientras intentaba limar con la lengua las finas crestas de la muela herida. La belleza del Mediterráneo se resume en tardes así, ligeramente calurosas, de un verdor que respira su última humedad antes de la consumación del verano.

El clima instruye nuestros sentidos; pero, a pesar de la serenidad que desprendía aquella tarde de domingo, no pude evitar que una sombra de melancolía se cerniera sobre mis pensamientos. No era la posibilidad del dolor, inexistente por  completo, ni la gravedad médica del hecho en sí –fácilmente subsanable por un profesional–, sino el descubrimiento repentino de la ineludible degradación del cuerpo. Se sabe que el tiempo deja sus cicatrices en el barro: las entradas que anuncian la llegada de la calvicie, la acuarela gris del pelo, las finas arrugas que surcan el rostro como arañazos de un gato, el humor matinal que se avinagra, el sueño cada vez más inseguro e impreciso… son señales de esa mancha que dejan los años en nuestro cuerpo. Pero los efectos de la rotura de la muela me llevaban a otro lugar distinto: el de la descomposición de una arquitectura personal. Me molestaba incluso que mi dentadura hubiera ofrecido tan poca resistencia, vencida por la masa dulce y esponjosa de un bollo, en vez de por las sobras requemadas de un filete o las últimas rebanadas del pan endurecido. Al mirar por última vez el esmalte ceniciento del molar, supe de repente que el tiempo pedía paso y exigía el cobro de una cuenta.

Me levanté para pagar la mía en la barra del bar y llamé a mis hijos, que jugaban en el parque. La suya era una felicidad más plena y no quise ponerles en el papel de un confesor. Sé que los niños tienen derecho a no saberlo todo de sus padres y que algunos velos son necesarios si queremos preservar el respeto. En el camino de regreso a casa, un milano volaba en círculos dibujando el cielo azul. “Cuando yo tenía vuestra edad –les dije–, casi no se veían. Ahora han vuelto”. En realidad, nunca se habían marchado, sino que éramos nosotros quienes los matábamos. Protegidos por leyes más estrictas y por el abandono de la vida rural, reclaman ahora su lugar. Una vez leí que en Chernóbil, tras la catástrofe nuclear, sólo las alimañas y la vegetación poblaron de nuevo aquello que el hombre una vez había devastado. La naturaleza se mueve así en círculos, indestructible. Al llegar a casa abrí una cerveza y cenamos una ensalada con queso francés y cecina. De postre, unos arándanos azules. Sonaba en el tocadiscos música de Henry Purcell: La reina de las hadas. Tras acostar a los niños, me metí en cama y pensé, antes de quedarme dormido, en el goteo inexorable de la vida.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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