Tanta belleza

Tanta belleza

Del portal abierto surgía la melodía de “I know it’s over”, del desaparecido grupo The Smiths. Me fijé en un rótulo, escrito en inglés, que invitaba a conocer el local: «Hay muchas razones para entrar en esta casa. Hablamos muy bien el italiano y sabemos dónde está situada la Piazza Navona». En el escaparate unos cuadernos de escritura, de tapa antigua y letra cursiva, me llamaron la atención –sólo después al hojearlos supe que no eran cuadernos, sino recetarios de cocina. Eran las diez de la noche y los romanos hacían cola en las pizzerías.

A nuestra espalda, la plaza del Pasquino se mantenía fiel a su cometido de protesta callejera, simbolizada en la vieja estatua parlante que dio inicio a la tradición del pasquín. A la mañana siguiente nos despedíamos de la ciudad, pero antes queríamos detenernos junto a la torre del reloj que diseñó Borromini. Nos interrumpió la música de los Smiths y unos cuadernos  sabiamente dispuestos en el escaparate. Así que entramos en Altroquando por casualidad, sin saber muy bien si se trataba de una papelería que abre hasta altas horas de la noche, un local alternativo o un pub. En realidad, se trata de una librería singular que no destaca tanto por su fondo de armario como por la excentricidad del gusto: una librería de autor, definida por la belleza de las ediciones más que por su contenido literario. “Ni un libro feo”, podría ser su lema: ni un best-seller, ni un libro de autoayuda. Al fondo, junto a la pared, había varias columnas de la mítica revista Topolino sobre los que se abalanzaron mis hijos. Los hojeé con cierta ternura, no exenta de melancolía. Sabía que los añorados Don Miki de mi infancia eran la adaptación más o menos fiel de los Topolini italianos y sabía también, por Juan Claudio de Ramón, mi amigo diplomático en Roma, que la fascinación por las aventuras del Tío Gilito, Donald y sus sobrinos, Mickey y Goofy pervivían como un objeto de culto en Italia, aunque no pensaba encontrármelos en ediciones actuales, junto a sus famosos manuales, en una librería para adultos en Roma que es, a su vez, un bar de copas y un pequeño restaurante. No siempre la nostalgia es antigua; puede ser también el reflejo de un mundo mejor, sencillamente más civilizado.

Salimos de la librería camino de la Piazza dell’Orologio, que apenas dista un centenar de metros de Altroquando. El bullicio de las calles se resumía en una algarabía de lenguas y acentos. La noche caía sobre nosotros, indiferente al deambular de las gentes. Roma es una ciudad derrotada, sucia y empobrecida en lo que concierne a sus servicios públicos, y al mismo tiempo vital, sorprendente, escandalosamente hermosa. Se diría que representa el triunfo de la libertad anárquica del espíritu humano por encima de la precisión técnica de la burocracia. No lo sé. Tanta belleza escandaliza por su exceso cleptómano, inasequible al pasmo sombrío que provoca la política. Cuentan que Borromini se suicidó como Catón, lanzándose sobre su espada. Era un hombre austero, de una religiosidad severa y solitaria. Su obra, en cambio, exalta como pocas la imaginación y la originalidad. Mirando la torre del reloj que diseñó nos despedimos de la ciudad tal y como la habíamos saludado previamente ocho días antes, una mañana de sábado, en la pequeña iglesia ovalada de San Carlino, donde la arquitectura se funde con la vida. Si la piedra de Borromini respira obstinada, con su músculo y su sangre, también en Roma se descubre una y otra vez la gran belleza de un pasado que se reinventa continuamente.

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