El nuevo cardenal

El nuevo cardenal

La noche en que se cumplían cincuenta años del famoso Discurso de la luna del papa Juan XXIII ante una plaza de san Pedro iluminada por el fuego de cien mil antorchas, Benedicto XVI hizo una alocución improvisada desde la ventana de su habitación en la que también pedía a los asistentes que diesen un beso a los niños. Sin embargo, en apenas medio siglo la atmósfera había cambiado por completo. Las antorchas daban paso a la tenue luz de las candelas; las multitudes, a una grey más pequeña; el optimismo desbordante de la apertura del Concilio –“una nueva primavera de la Iglesia”–, a un recogimiento silencioso, casi quietista. En 1962, Juan XXIII era un hombre enfermo que veía cercana la muerte. A pesar de eso, aquella noche su voz rezumaba ímpetu, energía y un vago  emocionalismo. Benedicto XVI, en cambio, daba la sensación de ser un hombre agotado, extremadamente frágil. En su discurso adoptó un tono más íntimo, como si en lugar de hablar al mundo se dirigiera a cada uno de los presentes: “Cor ad cor loquitur” –el corazón habla al corazón–, como reza el conocido lema cardenalicio de J. H. Newman. Esa noche, Ratzinger habló de una Iglesia que ha vuelto a experimentar el pecado en su interior, se refirió a la fragilidad humana y a las dificultades que enfrenta el catolicismo, utilizó la imagen de un barco que navega con vientos contrarios y al que amenazan las tempestades, y se preguntó si Dios duerme y se ha olvidado de los hombres. Pero, a continuación, el pontífice alemán aludió también a una esperanza que ya no podía responder a la esperanza fuerte de aquel primer discurso de hace cincuenta años, sino que se manifestaba de un modo callado, sobrio y humilde.

Desde luego, fueron palabras que se escuchan poco hoy. Sobriedad y humildad, por ejemplo, no se corresponden con una época que desdeña el arte noble de la inteligencia. La indignación moral –rápida, cortante, inclemente– ha suplantado los contrapesos de un juicio matizado. La sospecha estructural, ese condicionante kafkiano que nos convierte a todos en culpables, dinamita los principios ilustrados de respeto por la biografía de cada persona. Una gestualidad excesiva sedimenta la respuesta emocional a los dilemas.

Sobrio y humilde. Si tuviera que definir a Luis Ladaria –creado ayer cardenal por el papa Francisco– emplearía también estos dos adjetivos, los mismos que utilizó Benedicto XVI para referirse a la virtud esencial de la esperanza en un mundo invertebrado. Elevado a la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ahora cardenal, el fino teólogo mallorquín ha vivido el largo medio siglo que va del primer Discurso de la luna al segundo de 2012. En este sentido, ha visto desplegarse todo un ciclo entero del catolicismo, sin ceder nunca a la tentación del exceso de entusiasmo. Ha preferido mantenerse en ese «camino medio –son sus palabras– que es el que sigue la mayoría de profesores de Teología aquí en Roma y en la Iglesia en general, y que me parece el camino justo que hay que seguir». No se lo he preguntado nunca, pero sospecho que es la vía que adopta alguien consciente de que su pensamiento se asienta sobre la fidelidad a unas raíces universales, y no pequeñas, identitarias o miopes. Con Agustín de Hipona, sabe que «nadie aprende si no es a través de la amistad» y que el primer deber de un hombre es ser amigo de los hombres, mucho antes que su juez. Amigo de los hombres, humilde y sobrio: me sirve como definición de la vida civilizada. Me sirve hoy también para presentar a Luis F. Ladaria, el nuevo cardenal, un hombre bueno.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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