La prudencia de Montaigne

por | Jul 26, 2018 | Animal Social | 0 Comentarios

En 1576, ya retirado de la vida pública, el padre de la conciencia moderna, Michel de Montaigne, hizo acuñar una medalla con una balanza como símbolo y una sola palabra en griego –epojé– como divisa. Era el lema de los escépticos, de los hombres que, según ensayista francés, habían optado por suspender su juicio ante el filo acerado de los que se arrogan la posesión exclusiva de la verdad. Montaigne conocía en primera persona la insolencia de los falsos jueces. La Francia del siglo XVI –toda Europa, en realidad– se desangraba en una sucesión de guerras civiles de carácter religioso, a las que no era ajenas las nuevas técnicas propagandísticas y panfletarias que posibilitaba la imprenta. Al igual que sucede hoy, el mal adoptaba en primer lugar el rostro apetecible de una verdad que aparentemente desvelaba la mentira y reivindicaba la justicia. Por eso mismo, las medias verdades resultan más perjudiciales que las mentiras declaradas, pues las primeras se revisten de una superioridad moral que difícilmente pueden reclamar las segundas. Montaigne sabía todo eso –no en vano fue alcalde de la ciudad de Burdeos, donde pudo conocer el revanchismo que mueve a los fanáticos– cuando decidió alejarse de la vida pública y entregarse a una larga conversación privada con su conciencia. La lectura de los clásicos fue su guía, al igual que los dilemas que habían tenido que afrontar los grandes hombres del pasado: aquellas vidas ejemplares que ahora los cultivadores de la sospecha se esfuerzan en denigrar. Como observó hace medio siglo el historiador anglicano Henry Chadwick, ninguna vida es del todo consistente; pero de esa ambigüedad no se deduce una condena. Montaigne prefería subrayar, sencillamente, que “el hombre es ondulante” y que la condición humana se resume en un dilema sin fácil solución: “Somos, no sé cómo, dobles en nosotros mismos”. Así, en lugar de recurrir a la frivolidad de las sentencias contundentes o a la palabrería de los sofismas, Montaigne se ligó al escepticismo natural de la moderación, que es el que hace posible la vida civilizada. Un escepticismo que debe empezar con nosotros mismos y con nuestras impresiones y opiniones, tan hinchadas por lo general con los prejuicios y el conocimiento superficial.

Al autor francés le gustaba pasear por un valle misterioso en el que percibía un haz de luces y de sombras; de senderos que se bifurcaban en destinos opuestos; de vidas que se encontraban y se separaban, movidas por el azar, el deseo y la voluntad. Dudaba de los demás precisamente porque antes había dudado de sí mismo. No cultivaba la sospecha porque amaba a los hombres y carecía del engreimiento de la superioridad. Su mundo no era muy distinto al nuestro, aunque las creencias hayan cambiado significativamente. También ahora las ideologías definen espacios de una falsa pureza y los demagogos se encargan de remover el barro de los peores sentimientos con el fin de corromper a la opinión pública. O de empequeñecerla hasta mermar esa anchura que nos constituye, esa riqueza que sólo lo aporta la pluralidad y el respeto y no el desdé monomaniático.

A pesar de la fama inmediata de que gozaron sus Ensayos, Montaigne era una rara avis en su época. Permaneció ajeno a los oropeles del triunfo y al gregarismo recurrente de las ideas perniciosas. La observación y la Historia le habían enseñado una paradójica verdad: nada envejece más rápido que las modas intelectuales, sean cuales sean. No le preocupaban en exceso sus propios errores de juicio, pues sabía que eran inevitables y, por ello, prefería acudir una y otra vez a ese viejo concepto griego que hizo acuñar en una medalla: epojé (“me reservo mi juicio”). No sólo por prudencia –y mucho menos por miedo–, sino por amor a la verdad y a las personas. Porque la verdad, cuando no nos llega cercenada, es compleja, misteriosa y matizada. Y porque las personas nacemos y crecemos bajo el peso de la fragilidad, como una arcilla mal cocida, arañada por las espinas de la vida. Leer sus Ensayos nos enseña que la sabiduría no se escribe contra el hombre, sino a su lado, a nuestro lado.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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