Notas a la investidura del president Torra

Notas de la investidura de Torra

Recuperada la Generalitat, tras cerca de doscientos días de aplicación del artículo 155, empieza la batalla de las municipales con un claro objetivo por parte del nacionalismo: tomar Barcelona. De ahí los nervios de Ada Colau, incapaz de construir una imagen de liderazgo opuesta a la de Puigdemont –reeditando así la vieja pugna entre Maragall y Pujol– y, obviamente, superada por la dinámica del procés. Las expectativas electorales de los Comuns caen a medida que su calculada ambigüedad se vuelve en su contra y a favor de la doble punta de lanza que representan, por un lado, los partidos separatistas y, por el otro, Cs que tal vez –sólo tal vez– logre convencer al exprimer ministro francés Manuel Valls para que se presente como candidato a la alcaldía. La batalla por Barcelona supone un hito fundamental porque, en la nueva Europa globalizada, el peso de las ciudades de éxito –y Barcelona lo es– prima sobre la menguante geografía de las regiones. Y Barcelona también es importante porque constituye el único contrapeso efectivo al poder político del nacionalismo, prácticamente hegemónico a día de hoy en Cataluña.

Las municipales tendrán lugar dentro de un año. Antes nos moveremos en el terreno resbaladizo de los símbolos y de la moralización sentimental de la política. No hablo de moral exactamente, sino más bien de un abanico de discursos ideológicos que buscan condicionar nuestras respuestas intuitivas a las cuestiones fundamentales que nos acucian. Convertir la moral en una reacción emotiva es propio de cualquier ideología dominante. Y resulta imprescindible cuando, desde el poder, se plantea un escenario que intenta romper los diques legales de la constitución. Los símbolos son –y no son– poder; del mismo modo que la realidad no sólo es factual, sino que se crea con nuestras ideas. Un ejemplo lo tenemos en el dinero: ¿qué hay más abstracto en nuestra época que el dinero? Carece de base real –el oro o la plata– y apenas lo tocamos. Se diría que es un dato electrónico que existe gracias a la confianza compartida de los ciudadanos que lo aceptan como forma de pago. Su consistencia es nula, pero sin dinero no podríamos vivir. En este sentido, representa el triunfo de una idea abstracta.

En su discurso de investidura, el president Torra se ha dedicado a levantar una bicefalia simbólica –entre Berlín y Barcelona–, con la voluntad de internacionalizar el procés y de fracturar el país aún más. Porque sólo la fisura abierta mueve la balanza hacia los extremos sin dejar espacio a los quieren evitar la voladura de los puentes. Un reino dividido, fragmentado en sus lealtades primeras, es el terreno natural de los maniqueos que juzgan el mundo en clave de pureza doctrinal: a favor o en contra, blanco o negro. Por ello cabe pensar que, en sus decisiones políticas, Torra premiará el filo de la legalidad en busca de sus grietas. Los incentivos electorales juegan a favor del choque. Esto no cambiará a corto plazo.

Al poco de aplicarse el 155, pensé que se avecinaba una larga guerra fría entre españoles y una decadencia persistente. Ahora lo pienso también. En nombre de un ideal estamos destruyendo nuestro futuro, que no es algo utópico sino el pan nuestro de cada día. Sin la misma intensidad que en España –de momento–, Europa vive su particular vía crucis que responde a una lógica similar: guerra fría y decadencia. En el fondo, una crisis compleja que se sustenta en la pusilanimidad: pensar que la política consiste sólo en gestionar y no en decidir ni en defender marcos emocionales de pertenencia y cohesión.

En un texto poco conocido, el filósofo suizo Jean Jacques Rousseau observó que las ventajas del ateísmo se diluían rápidamente y que sólo los creyentes eran capaces de crear realidad duradera. Los creyentes o, en su vertiente negativa, los fanáticos que persiguen una verdad definitiva, cualquier verdad. En el mundo liberal, el ateísmo equivale a una concepción fría de la política, incapaz de ser asertiva. Las consecuencias empezamos a constatarlas ahora, mientras se extienden los campos minados en todo Occidente. Como dijo Josep Pla, la realidad es una fuerza potentísima. Lo es para todos. Y cuanto más tardemos en darnos cuenta, peores serán las consecuencias.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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