La república fracturada

La republica fracturada

Todo movimiento tiene su contraparte, como el yin y el yang de los taoístas. El éxito en España de la huelga global feminista del pasado ocho de marzo ha puesto sobre el tapete la pujanza de un fenómeno social que reclama protagonizar un nuevo capítulo del libro de la democracia. El siglo XX, que fue también el de la lucha contra los totalitarismos, puede leerse como la época que fijó la senda de la igualdad. De la cultura pop a la reducción de las diferencias sociales gracias al Estado del bienestar, del reconocimiento de la pluralidad religiosa a la lucha contra la discriminación racial, el día a día de la democracia cuadra los números de una igualdad creciente. La historia de lo que ahora se denomina género –y antes, sexo– refleja asimismo esta tendencia de fondo. La entrada masiva de la mujer en el mercado laboral, por ejemplo, cambió por completo la estructura de la sociedad, empezando por la de la familia. Si nos ceñimos a la España contemporánea –desde los ya lejanos días en que Clara Campoamor logró implantar el sufragio femenino durante la II República–, el salto adelante de las mujeres ha sido espectacular: hay más universitarias que universitarios, más maestras que maestros, más médicas que médicos. A nivel político, son  mujeres quienes dirigen el consistorio de las dos principales ciudades españolas –Madrid y Barcelona– y también quienes presiden un buen número de comunidades autónomas: Andalucía y Madrid, Baleares y Navarra. Y es lógico, justo y natural que así sea.

Casi a la par, como un movimiento paralelo, algunos observadores empiezan a hablar del surgimiento de una crisis opuesta: la de los hombres, que resulta más evidente –a nivel estadístico– en los Estados Unidos que en Europa y que se traduce en altísimas tasas de suicidio (hasta un 77 % del total), un marcado paro estructural –superior al femenino– y mayores niveles de alcoholismo y drogadicción. En este sentido, el ensayista Matthew Schmitz señalaba recientemente que no se puede disociar la enorme popularidad del profesor de psicología canadiense Jordan Peterson de la profunda crisis emocional y moral que afecta a los hombres. Al parecer, el discurso de Peterson –el cual se hizo un hueco en el debate público hace unos años al negarse a utilizar en clase el lenguaje políticamente correcto de género– se acerca a los postulados más reaccionarios de la nueva derecha americana, como una reformulación más o menos sofisticada del trumpismo. De todos modos, no se trata de un pensador de matices, sino de un intelectual de trinchera, cuyo lenguaje –pensado básicamente para la guerra cultural– apunta hacia uno de los temas centrales de nuestro tiempo: el retorno de la nostalgia como motor de demandas políticas. La nostalgia del orden conservador, por un lado; la nostalgia de un generoso Estado del bienestar, por otro. La nostalgia de la seguridad clientelar que proporcionaba un gobierno fuerte en el caso de Rusia; la nostalgia de un edén utópico en el caso de los movimientos de extrema izquierda; la nostalgia, al fin y al cabo, de un país independiente en el caso del nacionalismo. Yuval Levin ha escrito un libro relevante al respecto, titulado The Fractured Republic.

De los argumentos de Peterson, me interesa su creciente popularidad en determinados entornos,  lo cual sospecho que indica algo, al igual que la victoria de Trump, el retorno de los populismos o el auge del nacionalismo. En algunos casos, estos fenómenos políticos reflejan miedo; en otros, malestar. Muchas veces, ambas cosas. La “república fracturada” refleja las consecuencias de una sociedad individualista que ha visto cómo muchos de los vínculos tradicionales se han roto sin que surjan otros nuevos. La peligrosa tentación de refugiarse en el pasado resulta obvia. La tentación opuesta de mirar sólo hacia un futuro idealizado, también. Sin duda, por debajo del discurso dominante late un malestar, un miedo real con causas y motivaciones muy diferentes, que a menudo pasa desapercibido hasta que estalla. La quiebra interior presente en las sociedades occidentales no es desdeñable y haríamos mal en pretender esquivar los interrogantes que plantea. Precisamente, porque el futuro exige soluciones concretas mucho más que una tendencia indiscriminada a la nostalgia.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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