La crisis de la verdad

por | Abr 19, 2018 | Animal Social | 1 Comentario

A medida que la verdad se difumina, también la mentira va perdiendo sus contornos y se mimetiza con la imagen de una verdad ya inexistente. No es una característica específica de nuestro tiempo, aunque la tecnología y la movilización de las masas hayan hecho no poco por acrecentar la confusión. A principios de los años 30, en su correspondencia privada, el escritor alemán Ernst Jünger observaba que lo propio de la modernidad no es tanto una crisis que desdibuje la verdad –esas verdades que ahora son siempre relativas, insustanciales, fruto de un consenso caprichoso y precario–, sino la evidente disolución del mal que, con la frivolidad de un perfume, penetra lentamente en las distintas capas de la sociedad. Por supuesto, la caída de los diques de la contención moral –la vieja educación en virtudes y modelos ejemplares– ha servido para acelerar la gangrena que afecta al actual debate democrático. Un reciente estudio sobre la propagación de las noticias en las redes ha pretendido demostrar que las falsas se difunden más rápido y antes que las verdaderas. Diríamos que se trata del prestigio de la sospecha, alimentado por las corrientes subterráneas de las filosofías del siglo XX; la obra de Kafka nos recuerda que nadie es inocente, sobre todo si uno cuenta a su favor con el poder de acusar.

Con las redes, el ruido ha adquirido tal magnitud que no resulta sencillo distinguir las sombras de la claridad. Al igual que en las series infantiles de animación, las llamadas de atención son tan continuas que lo importante pasa desapercibido, lo cual nos acerca peligrosamente a la definición que Hannah Arendt sugirió para el totalitarismo: un mundo ideológico en donde ya no queda clara la diferencia entre realidad y ficción, entre verdad y mentira. En clave posmoderna, la narrativa –es decir, el relato con el que nos envolvemos– resulta más importante que el nudo concreto de la realidad. Las palabras fetiche sirven como señales de sentido que provocan reacciones emocionales instantáneas: un baño hormonal que no necesariamente ensancha nuestra mirada. Si aceptamos que la literatura y el arte han hecho más por los derechos del hombre que la filosofía y el poder político, no cabe olvidar que el oficio literario consiste básicamente en contar una verdad con las herramientas de la ficción. Aunque no era de eso de lo que hablamos hoy, sino más bien de lo contrario. Al erosionarse la frontera entre la verdad y el engaño, la capacidad iluminadora del arte queda cercenada. El nobel ruso Solzhenitzyn escribió páginas reveladoras al respecto.

La prensa norteamericana  ha calculado el número de mentiras que ha repetido Donald Trump en su primer año de presidencia: seis al día. Pero no se trata de un privilegio de la política estadounidense ni del presidente Trump; afecta –al menos– a todo el mundo desarrollado, que es el que conocemos. ¡Si incluso el entorno del papa Francisco ha hecho un uso torticero de las cartas privadas del papa emérito! ¿Cuántas mentiras se propagaron durante el referéndum del brexit? ¿Cuántas han repetido los políticos para enmascarar la metástasis de la corrupción? ¿Quién puede negar hoy que, desde los movimientos antisistema, se utilizan continuamente datos falsos –o mal interpretados– para romper las costuras de la democracia y crear un clima de victimismo y malestar? Cualquier idea justa se enrarece al someterla a una dieta de falsedades y medias verdades. Y, al extremar sus postulados, enloquece de forma fanática.

Recuperar el prestigio de la verdad constituye el primer deber de la democracia, el más urgente si queremos restaurar la confianza en las instituciones, la clase política y los medios. Recuperar la verdad y no esconderse detrás del silencio o de un muro de mentiras. Explicar por ejemplo por qué no se pueden subir las pensiones con la inflación o cuáles son los efectos reales –positivos y negativos– de la globalización. Explicar con nitidez que las leyes deben modular los actos de soberanía política pero no sustituirlos. Explicar que cada una de nuestras decisiones públicas tiene costes asumidos y que por ello es crucial no dejarse guiar por las emociones. Explicar, sencillamente, que es la verdad lo que salva la democracia y no la mentira.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

1 Comentario

  1. Excelente artículo. Completamente de acuerdo con las ideas. Enhorabuena.

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