Los libros que no he leído | Josu de Miguel Bárcena

Josu de Miguel Bárcena | Los libros que no he leido

Dos hombres y un destino

Invariablemente, cuando mi padre afrontaba con el coche la salida de Sedano para llegar al Valle del Rudrón, en las estribaciones de la cordillera Cantábrica, siempre nos decía, “mirad, la casa de Delibes”. Era aquella una casa bien parecida, muy distinta a las que había en la zona y que, como supimos en Señora de rojo sobre fondo gris, su querida esposa Ángeles había permutado al Ministerio por un terreno comprado para tal fin en Villarcayo, también en Burgos. Su último inquilino habría sido un guarda forestal.

A Delibes se le llegó a ver alguna vez en el pueblo donde veraneábamos y pasábamos los fines de semana cuando era un niño, Santa Coloma. Apareció –según me cuenta mi hermano- con su Volvo, sus enormes gafas y su gorra campera. Quizá buscaba algún coto donde practicar sus aficiones favoritas, la caza y la pesca. Sea como fuere, aquella presencia inicial del escritor marcó bastante mis primeras incursiones literarias. En el colegio todavía era un autor presente en los planes de estudio. En el instituto ya había sido sustituido por Mendoza y la nueva ola latinoamericana que sacudió la literatura española. Pese a todo, bien por obligación o por devoción, durante más o menos una década me fui leyendo las obras más importantes y conocidas del escritor vallisoletano.

Ignoro si Delibes sigue teniendo alguna jerarquía en muestra literatura. Durante más de cuatro décadas fue el novelista de la incipiente clase media española. El realismo de sus libros jugó en su contra: como él mismo decía, ante un contexto sustraído a la información y el periodismo, alguien tenía que contar lo que pasaba en el país. Umbral ha sostenido por el contrario que algunos personajes clave de sus novelas, como el Nini o el señor Cayo, destilan realismo mágico. En cualquier caso, nuestro autor se dedicó a hacer la crónica urbana de las difíciles ciudades de provincia, crónica por lo general introspectiva, donde los personajes hablan por sí mismos, en un tono melancólico y muchas veces trágico. Frente a lo urbano, se elevan sus libros rurales, trabajos luminosos que con un lenguaje deslumbrante describen el paisaje y las gentes castellanas. En gran medida, dibujaba en ellos el mundo de mi infancia, a la que siempre se vuelve: el mar de surcos y trigo, los veranos en bicicleta y la pasión por la caza, que era el motivo último que llevaba a una familia vasca a transitar los páramos mesetarios.

Correspondencia, 1948 – 1986Libros como Diario de un cazador, cuyo aparato conceptual y expresivo me pertenecía casi por entero, no habrían podido ver la luz si Delibes no hubiera ganado el prestigioso premio Nadal en 1948. A partir de ese momento, comienza una colaboración sostenida con el gran José Vergés, que funda junto al poeta Joan Teixidor en 1942 la editorial Destino, por donde también pasarían autores del calibre de Josep Pla, Camilo José Cela, Álvaro Cunqueiro, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute o Dionisio Ridruejo. Como se imaginará el lector, yo nunca llegué a tener ningún contacto con el editor de Palafrugell, aunque algunas historias sobre él me había contado Francesc de Carreras, catedrático con el que compartí despacho en la universidad durante un par de años y una impagable amistad hasta nuestros días. Carreras tuvo la fortuna de trabajar en la redacción de la formidable revista Destino, entre 1966 y 1968, años trepidantes en los que España comenzaba a abrirse a los influjos provenientes de un exterior también en plena transformación política y cultural.

La intensa relación entre Delibes y Vergés queda reflejada en un libro que yo no había leído hasta este fin de semana, Correspondencia, 1948 – 1986, aparecido en Destino después del fallecimiento del editor. El propio Delibes diría que este volumen de cartas refleja fundamentalmente los conflictos económicos entre dos rácanos que velaban, antes que nada, por sus propios intereses. Sin embargo, Correspondencia es mucho más: supone un apasionante testimonio de las dificultades de dos conservadores cultos y liberales para llevar a cabo su profesión bajo la implacable y estúpida censura franquista. A Vergés le caían multas y secuestros por los mordaces artículos de Jiménez de Parga, a Delibes por los chistes y las informaciones críticas aparecidas en El Norte de Castilla, diario del que también fue director. Asombra, en estos tiempos de polarización dolorosa e inútil, la naturalidad de una relación fraternal y verdadera entre un catalán y un castellano, sin más impedimentos que las que impone la distancia geográfica. Hay, claro, llamativas omisiones. Por ejemplo, el día en el que Delibes traiciona a Vergés vendiendo Los santos inocentes a Lara y Planeta. Pese a todo, volvió después con su editor de siempre para publicar sus últimos libros.

Si tuviera que inclinarme por algún género literario, seguramente éste sería el biográfico y epistolar, porque en él la escritura sale al paso de la vida. O quizá sea a la inversa, qué más da. Este libro que yo no había leído, me ha vuelto a revelar la amistad como un asidero que todos los hombres buscan y administran, un auténtico tesoro que, sin embargo, se puede acabar repentinamente. Delibes se lo contaba a los hijos de Vergés después de enterarse de la inesperada muerte de éste último. Y tenía mucha razón.

Josu de Miguel Bárcena. Profesor de Derecho Constitucional, Universidad Autónoma de Barcelona.

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