Los libros que no he leído | Armando Pego

Armando Pego

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Recuerdo vivo el escalofrío que sentí, de niño, la primera vez que oí pronunciar a mi padre, casi silabear con bienhumorada ansiedad, la palabra “kafkiano”. No creo que entendiera ni que me detuviese a pensar a qué situación concreta atribuía el adjetivo. En mi memoria quedó grabado que se refería a una amenaza latente, próxima y tan incomprensible como cierta. En cierto modo, inconsciente, me estaba advirtiendo de su experiencia. Sólo un hombre «de orden» -y mi padre lo era hasta los extremos inconcebibles de una singular bonhomía misántropa- podría estremecerse así ante una realidad cuyos efectos, si no conjurados, sólo podía apaciguar momentáneamente su mención. En su boca no significaba algo absurdo, inexplicable o inexplicado, o simplemente inquietante, sino la manifestación desatada de una lógica implacable y paciente. Emboscado, lo kafkiano está siempre a la vuelta de la esquina.

Tal vez fuera la impresión que me causó aquella palabra que siempre me he resistido a leer la obra de Franz Kafka. Su presencia en mi vida ha sido tal que desde la juventud he ideado mil y una estrategias para esquivarla. Tengo conciencia de que comencé Las metamorfosis y El Castillo y hasta podría asegurar que acabé ambas historias (¿o cabría decir parábolas imposibles?). Sinceramente, no estoy seguro, pese a que conservo algo de aquella formidable «memoria fotográfica», funestamente borgeana, que, a juicio de mis antiguos profesores, me hubiera dispuesto para alguna brillante oposición cuyos nombres, inútiles, me siguen resultando ininteligibles.

El proceso de Franz KafkaOtra táctica que he empleado ha sido indirecta. Ha sido la más efectiva, pero siempre provisional. Max Brod, que seguramente no entendía en absoluto a su amigo y por ello logró lanzarle a la fama, estaba demasiado cerca de él. ¿Qué decir de las cartas a su padre o a Milena, que abruman por la espantosa exactitud de su anodina existencia? Pude calmar mi ansiedad kafkiana durante casi veinte años tras empaparme de la interpretación que Maurice Blanchot había adelantado en El espacio literario. En el ejemplar de mi biblioteca tengo bien encuadrada la siguiente frase: “El arte es ante todo la conciencia de la desgracia, no su compensación”. Cómo entienda Blanchot esta desgracia es cuestión larga de tratar -y que no deja de apasionarme-. Como un ritornello de su condición judía, George Steiner no se ha cansado de repetir el escueto diálogo entre Brod y Kafka. ¿Hay alguna esperanza?: “Toda, pero para nosotros ninguna”.

Con la lección de Blanchot a cuestas he estado bien equipado para afrontar las situaciones kafkianas de mi vida. De joven me sorprendía comprobar que las escaleras mecánicas del metro se ponían en marcha cuando era el primero en llegar a ellas. Como si fuera un descendiente del licenciado Vidriera, me sentía hasta tal punto invisible. He alcanzado a comprender que, en nuestro país, por más brillantes oposiciones que uno pueda sacarse, si no se pertenece a una horda, a una tribu o a un clan, la invisibilidad es el paso previo a la volatilización. Resistirse puede ser kafkiano.

Es conmovedor encontrarse con buenas personas que desean ayudar con estupendos consejos y sanas advertencias. Nuestra época ha querido encontrar en los protocolos y en una cada vez minuciosa e inacabable regulación y reglamentación de todos los aspectos de la existencia humana el tratamiento eficaz contra su natural e inevitable, y silenciada, monstruosidad. Por eso, cuando ya no se objeta, sino que uno, impersonal, se limita a describir la irreductible cotidianeidad que tal vez merezcamos, los gestos de compasión se truecan en otros de repulsión y huida que delegan en el Estado, en cualquiera de sus proteicas ramificaciones (y, en especial, en sus preferidas: educación y salud), la garantía de que Gregor Samsa pueda vivir “con (in)dignidad” antes que si “vive” o que “viva”. Steiner ha repetido que Occidente se ha alimentado de dos muertes que han herido su conciencia: la de Sócrates y la de Jesús de Nazaret. La actual revolución global quiere aventar hasta las cenizas de su recuerdo: la virtud y el reino de la vida.

Kafka, profeta secular, resiste entre Amós y Anaximandro. Con una extraña inversión podría aplicársele el oráculo del cultivador de sicomoros: “El Señor Dios no ha hablado, ¿quién profetizará?” (Am. 3, 7). Discontinua, inacabada, póstuma, su sustancia indeterminada, “de la que nacen los cielos todos y los mundos dentro de ellos”, les hace perecer, como recordaba Simplicio, “«según la necesidad, pues se pagan mutua pena y retribución por su injusticia según la disposición del tiempo», como Anaximandro dice en términos un tanto poéticos”.

Hace unos años me reencontré con mi inseparable amigo de la Facultad. Juan Antonio Sánchez, profesor de la Universidad Carolina, se había instalado en Praga. Caminando a su encuentro, con el Castillo erguido a lo lejos, decidí que debía volver a intentar la lectura de Kafka. Adquirí a la vuelta de mi visita los dos volúmenes de sus relatos completos en una edición de bolsillo de Losada. Por fidelidad a nuestra relación, no los acabé, pero fatigué con impaciencia y extenuación los más breves. ¿Quién sabe si no es a K., antitético Ulises, a quien quepa asignar el que “aunque nunca ha sucedido, quizás sea dable pensar que alguien se haya salvado del canto de las sirenas, pero con toda seguridad ninguno de su silencio”?

Llego al final y, sin embargo, no he cumplido todavía, del todo, con el motivo de la amable invitación de Daniel Capó para que participe en esta sección de su blog. A fin de cuentas, hasta ahora no he escrito sino un alegato exculpatorio. Quizás, como hijo de un «orden» evaporado, no puedo dejar de creer que no poder acabar un libro es, en el mejor de los casos, una falta de tacto del lector para con su autor. Y, sin embargo, hay un libro no leído que me ha influido tan decisivamente que con sólo abrirlo vuelvo a sentir el espanto de mi niñez. Verán quienes hayan tenido la paciencia de seguir leyéndome hasta aquí que, no sin mi pesar, es la última estrategia ante un objetivo destino kafkiano. No tengo ante esa obra la entereza suficiente que Kafka comentaba en una carta a Oskar Pollak: “Un libro debe ser el hacha que rompe el mar helado que hay dentro de nosotros”. Mi hija adolescente, con férrea determinación desde los diez años, insiste una y otra vez en que quiere estudiar Derecho. Sobrecogido, le he transmitido la enseñanza que recibí de mi padre. Le he regalado un ejemplar de El proceso.

Armando Pego es catedrático de Humanidades en la Universitat Ramon Llull. Su último proyecto intelectual y literario ha sido Trilogía güelfa (Editorial Vitela, 2014-2016).

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