Los libros que no he leído | Kantor

Cuando Daniel me planteó la pregunta sobre los libros que han sido más influyentes sobre mí, y no he leído, me asaltó la misma pregunta inevitable que al resto de participantes en la serie: si un libro es tan importante, ¿por qué no me lo he leído aún?

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas ya sé que el problema es el contrario. Los libros más influyentes de la Historia son los que generan una oleada de progreso en el ámbito al que se refieren, y esa oleada les deja obsoletos. El hecho de que leer la Política de Aristóteles sea hoy tan necesario como hace dos mil años da cuenta no solo de la magnitud de la obra (que es inmensa), sino también de los escasos progresos que la Humanidad ha hecho después en la teoría del Gobierno.

Por el contrario, los libros más importantes de todos los tiempos muy probablemente han sido Los Elementos de Euclides y los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton. A la primera de estas obras le debemos acaso la única ventaja que atesoraba el mundo europeo sobre Asia al principio de la Edad Media: el descubrimiento del método axiomático-deductivo. La inclusión de la geometría en el Quadrivium preparó a Occidente para la revolución racionalista de la Modernidad, que precisamente desembocó en la descripción euclidiana de la Mecánica Celeste: el famoso Sistema del Mundo de Newton. Hoy, sin embargo, ambos libros, no tienen más lectores que algunos anticuarios. Ya en la época de Euler los Principia estaban desfasados, por hacer un uso tímido del Calculo Diferencial (que es herramienta natural de la Mecánica Clásica), y desde Descartes la geometría plana pertenece al campo de los pasatiempos matemáticos.

Sin embargo, yo nunca he sido físico, y ya no soy matemático, así que dejaré la descripción de estas enrarecidas cumbres a quienes las han frecuentado, y dedicaré este modesto artículo a dos libros cruciales que ni yo ni la mayoría de economistas hemos leído, pero de los que todos somos hijos intelectuales.

Aunque es Adam Smith el que dirigiéndose al “lego inteligente” se ha ganado la fama de la posteridad, el corazón de todo economista que se precie está con David Ricardo, y sus Principios de Economía Política y Fiscalidad. Donde Smith era didáctico y gentil, Ricardo es lógico y arisco. El profesor escocés escribe con elegancia, el bróker judío, sin apenas más lecturas que el libro de Smith, ve el mundo entero como una gran mesa de trading, y convierte las actividades de los especuladores, la piedra desechada por los lideres morales del pasado, en piedra angular de la economía del futuro. Hay un párrafo más inmortal y más inmenso que los otros, que transcribo para el lector:

En el curso ordinario de los acontecimientos, no hay mercancía alguna que se oferte precisamente con la abundancia que requieren los deseos humanos, y por tanto no hay ninguna que no esté sujeta a fluctuaciones temporales de su precio.

Es como consecuencia de estas variaciones que el capital se coloca con la abundancia justa a la producción de distintas mercancías. Con el incremento o reducción del precio de las mercancías el capital es requerido o rechazado de ser empleado en la producción de una mercancía determinada.

Aunque todo hombre es libre de usar su capital como prefiera, en general el inversor buscará naturalmente el empleo más ventajoso de sus fondos. Estará insatisfecho con un beneficio del 10% si cambiando su capital a otro empleo puede obtener un 15%. La búsqueda infatigable por parte de todos los inversores de negocios cada vez más rentables genera una poderosa tendencia hacia la igualación de la tasas de ganancia, fijándolas en proporciones tales que las diferencias entre ellas compensen en cada caso otras ventajas o inconvenientes de la inversión”.

Quizá este párrafo es la más exacta descripción del capitalismo, y de la Economía como estudio de la homeostasis del sistema social. Ricardo aplica esa lógica, y mantiene ese estilo analizando todos los ámbitos económicos de su época, ya sea la renta de la tierra, la circulación monetaria o el comercio internacional: es decir, plantea caso a caso el sistema económico como una serie de bucles de realimentación estabilizadores.

Pero lo que Ricardo analiza mercado a mercado en base a argumentos verbales persuasivos, un siglo después alcanza a la vez la unidad y la matematización en la obra de Leon Walras.  Su único libro reseñable, que acaso sea el más importante de la historia de la Economía se tituló Elementos de Economía Política Pura, porque todos queremos ser Euclides, pero solo uno pocos lo logran.

Walras resume y completa los esfuerzos de matematización de la economía de la segunda mitad del siglo XIX en un solo sistema de ecuaciones que describe como las preferencias de los consumidores se transmiten a través del sistema de precios, y generan la movilización de los recursos físicos y humanos hacia la satisfacción de los deseos subjetivos. El Sistema del Mundo social, solo que el abrumador edificio matemático del Equilibrio General se asentaba sobre unas preferencias subjetivas inobservables, y por tanto la obra, convincente e inmensa, era sin embargo casi totalmente impotente para realizar predicciones relevantes. De ese callejón sin salida epistemológico no hemos salido, y en realidad no hay esperanza de salir. La economía ocurre en el entramado de la intersubjetividad, y no hay amperímetro ni dinamómetro para el alma humana.

Durante el siglo siguiente el Equilibrio General ha sido para los economistas como la Evolución por Selección Natural para los biólogos: un marco de referencia, una visión unificadora y una inspiración a la que se le pueden atribuir todos los progresos de la disciplina en general, y prácticamente ninguno en particular.  Sobre los cimientos estructurales del equilibrio económico, o respondiendo a las cuestiones empíricas que plantea, se ha edificado la Economía neoclásica, y la Econometría, que es mucho más que estadística aplicada: desde las variables instrumentales a la cointegración, la Econometría ha sido una parte inmensamente creativa de la Estadística en el siglo XX, y casi todos sus avances responden a un esfuerzo para dar contenido empírico a las intuiciones walrasianas.

Además desde la generalización de Internet, la gestión de las infraestructuras de la conectividad social está cada vez más relacionada con la clase de problemas de coordinación que Walras describió hace más de un siglo: no es casualidad que Google tenga entre sus directivos a Hal Varian, el autor del libro con el que yo aprendí lo que es el Equilibrio General.

Hasta aquí los libros que no he leído; ahora unas palabras sobre los que entiendo que están por escribir. Y estos son los que analizan precisamente la clase de fenómenos vinculados a los bucles de realimentación desestabilizadores, es decir, a la ruptura de la homeostasis. En el desarrollo de las ciencias de los sistemas complejos siempre la comprensión del equilibrio precede a la de su ruptura. Por ejemplo, en Mecánica Estadística los trabajos de Carnot y Maxwell sobre sistemas en equilibrio termodinámico preceden por muchos años al modelo de Ising de transiciones de fase. Los economistas, que ya estábamos presos de nuestras intuiciones homeostáticas antes de los años 70, nos uncimos aún firmemente a ellas cuando introdujimos la hipótesis de expectativas racionales como descripción del proceso de aprendizaje estándar de nuestros agentes ideales. Desde entonces la Economía es aun más que antes una ciencia de la optimización y el equilibrio, y algo menos una ciencia de la emergencia y el desequilibrio. Quienes nos acusan justamente de esto, habitualmente cargan contra el formidable edificio del Equilibrio General, y pretenden demolerlo: una pretensión tan absurda como lo sería despreciar la teoría maxwelliana de la cinética de gases en nombre de que la magnetización se entiende mediante las transiciones de fase del modelo de Ising.

Pero la realidad es que la economía necesita salirse del mundo de la aplicación autoreferencial de modelos de equilibrio cada vez más blindados y anidados, y moverse hacia un mayor pluralismo metodológico, eso sí, sin perder nunca la vocación estructural, cuantitativa e individualista metodológica que le han dado su dominio imperial sobre el resto de las ciencias sociales.

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Un comentario en “Los libros que no he leído | Kantor

  1. Es fácil encontrar para cada uno una lista de libros influyentes pero no leídos, en mi caso y sobre todo en el ámbito de las ciencias matemáticas y la computación, además de los que citas de Euclides y Newton: “Cibernética” de N. Wiener, “Elements de Mathematique” de Bourbakí, “Game theory and economic behavior ” de Von Neuman y Morsgensten, y sobre todo, “The Art of Computer Programming, Vols 1-2-3” de D.E. Knuth. Me los llevaré para mi siguiente vida.
    Saludos.

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