Septiembre de 1909

Septiembre de 1909

En septiembre de 1909, el profesor Sigmund Freud viajó por primera vez a los Estados Unidos. Iba a ofrecer un ciclo de conferencias en un pequeño college llamado Clark University, que celebraba el vigésimo aniversario de su fundación. Lo acompañaban algunos de sus discípulos más cercanos: el suizo Carl Gustav Jung y el húngaro Sándor Ferenczi. Años más tarde, la ruptura de Freud con Jung sería sonada y los conduciría por sendas opuestas. Freud, judío, perdería a buena parte de su familia en el Holocausto. Jung, ario, simpatizaría secretamente con el nazismo. Pero de eso nada se intuía aún en 1909, cuando Europa parecía un lugar seguro y estable, y América un país al que civilizar.

La historia sigue siempre senderos imprevistos, aunque el bajo obstinado de las pasiones humanas resuene incesantemente. Mientras Freud viajaba en transatlántico, no pensaba en la guerra que destruiría el humus cultural de su amada Viena, ni en la traición de sus amigos, ni en el triunfo de los totalitarismos, ni por supuesto en la deriva que tendrían sus propias teorías. Sí sabía, en cambio, que sus ideas estaban llamadas a abrir un profundo corte gracias al poder de una nueva mitología. Tras asistir a aquel ciclo de conferencias, el psicólogo estadounidense William James percibió que la radicalidad de los conceptos de Freud y sus discípulos podía aportar alguna luz sobre la condición humana. Sin embargo, la opinión de James era tan esperanzada como escéptica. Le preocupaban “las ideas fijas” que mostraba ya en sus albores el psicoanálisis, pero le reconocía el valor de haberse atrevido a centrar su mirada en las sombrías entrañas del ser humano. ¿Qué encontrarían allí? ¿La pulsión de la muerte y la sexualidad? ¿El inconsciente colectivo, los arquetipos míticos? ¿El rostro de las Erinias y las Furias? La fascinación por lo desconocido propicia la destrucción de los tabúes. El misterio actúa como un señuelo, igual que la belleza. En su despacho, Freud sondeaba las profundidades psicológicas de sus pacientes, donde encontró reflejados sus propios miedos. Dios había muerto, de acuerdo con la profecía de Nietzsche, y ahora el último hombre se aprestaba también a desaparecer. “Traigo la peste a los Estados Unidos”, dijo en el trasatlántico que le llevaba a Nueva York. La peste era la humanidad anterior al tejido de la civilización. El traje nuevo del emperador al que denominamos sospecha.

Décadas más tarde un superviviente del Holocausto, Jean Améry, escribirá un libro atroz, Más allá de la culpa y la expiación, sobre la destrucción de lo humano que anida en la sospecha. En él se pregunta qué queda cuando ya no se puede confiar en la ayuda de otro hombre. Se trata de la lógica elemental de la tortura: un hombre que daña a otro hombre. A Freud no le habría sorprendido. A Améry tampoco; sólo que él sabe en primera persona cómo quebrantaron sus huesos en el campo de concentración y ese esqueleto roto destruye toda su fe en la humanidad. En otra noche de la historia, el rey David compuso un salmo pidiendo que el ángel del Señor lo protegiera bajo sus alas y no permitiera que ninguno de sus huesos fuese quebrado. Hay algo misterioso que nos invita a reflexionar en esta imagen: necesitamos la protección de los demás –las alas del ángel, el respeto del adversario, el amparo de la ley– para no perder en nosotros la humanidad. Separados por milenios, Améry y  el rey David padecieron lo mismo –esa sospecha nos destruye–, mientras la peste viajaba en un barco.

Hoy sabemos que ya no quedan territorios vírgenes. La sofisticación se lee en clave de suspicacia y la libertad se interpreta en clave de deseo. Los símbolos antiguos ya no sirven. Detrás de la fractura social, se encuentra la explotación de las multinacionales. La familia constituye una vieja estructura que transmite la cultura criminal del patriarcado. Se achaca a la democracia el pecado original de la corrupción, al igual que sucede con nuestras instituciones. En la tierra baldía de la sospecha permanece, sin embargo, la ley como una garantía constitucional de que nuestras libertades no van a ser quebrantadas. Esa garantía secretamente la van devorando las termitas, que huelen la madera muerta. “He venido a traeros la peste”, dijo Freud. La sospecha ya no viaja en un barco.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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