La tierra amada

Leo a C. Milosz estos días. Su poesía acompaña el color de una luz que profundiza los primeros tonos ocres del otoño. En uno de sus poemas, aparece un hombre viejo, despectivo, de corazón negro, que se sorprende al descubrir que ya no es joven y que el mundo –su mundo– empieza a escapársele de las manos. Habla y preferiría no hablar, sino entender aquello que ya no entiende.  Ha conocido el deseo y el amor, aunque de las pasiones humanas no obtuvo nada bueno. Persiguió saber cómo funciona la precisa relojería de la vida y el tiempo, “pero el mundo iba más rápido que él. / Y ahora sólo ve ilusiones”. Y escucha voces: las voces del pasado y el ruido de su época que le rodea, incesante, a “él, que una vez quiso conocer su pobre vida”.

Milosz fue un poeta y un pensador excepcional, que vivió en un momento y en lugares también excepcionales. Residió en Lituania, en Polonia, en Francia, en los Estados Unidos. Sufrió los efectos del nacionalismo y del socialismo: las dos fuerzas centrales que configuraron la cultura del siglo XX –y, antes, también la de buena parte del XIX–. Conoció la traición de los intelectuales y el papel de la propaganda. Sobrevivió a duras penas la II Guerra Mundial –fue salvado por una monja a la que nunca más volvió a ver, cruzó Europa en piragua- y terminó sus años como el gran escritor de la tradición literaria polaca, tras un largo exilio que le llevó a California, un desierto seco y rocoso, tan distinto a los ríos y bosques de su infancia. “¿Dónde está escrito – se preguntó– que nos corresponda vivir en la tierra amada?”.

Es una pregunta a la que no hallaremos respuesta positiva. Maduramos lejos del hogar, expulsados del humus fértil de los primeros años, rodeados de espejismos que se confunden con el anhelo. “Ahora sólo ve ilusiones”, escribe Milosz; pero esos espectros que angostan su vida son también la consecuencia del fracaso de la juventud, la conciencia definitiva de que la realidad traza unos límites inamovibles y de que las contradicciones humanas –algunas de ellas fundamentales– son insolubles. Y debemos convivir en ese espacio blanquecino de la decepción y el desengaño con la sociedad, con el hombre, con nosotros mismos. Las ilusiones son los fantasmas que recorren el mundo, dejando a su paso una esperanza agrietada por el fracaso.

A nadie le corresponde vivir en la tierra amada, aunque sí en un lugar razonable donde se puedan mitigar los daños de los conflictos irresolubles. La posguerra europea fue, en cierto modo, una sociedad sin grandes idolatrías, aburrida y técnica, capaz de manejar sus dificultades con una cierta moderación. En el salmo 42 de la Vulgata encontramos un versículo famoso que nos recuerda que el abismo invoca al abismo: lo llama, lo solicita y este se presenta con toda su oscuridad. Es un versículo negro, desesperado, como un icono de la experiencia humana. Frente a ello se erige la democracia parlamentaria que se implantó en Europa tras 1945: la que reparte constitucionalmente el juego de la soberanía para permitir un hábil equilibrio de poderes que eviten esa peligrosa mirada hacia el abismo, esa fosa común de las esperanzas baldías que convierte cualquier utopía en un lugar peor, mucho peor de lo que nunca antes hubiéramos podido imaginar.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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