La tierra baldía

Cuando por la tarde paso a recoger a mis hijos del colegio, escucho con ellos en el coche un cedé de música infantil. Son canciones que no conocía de niño y que hablan de sentimientos y deseos, de amar la tierra y de compartir valores, de ser lo que uno anhela y de un mundo feliz. Según el viejo filósofo inglés Michael Oakeshott, la educación sirve sobre todo para configurar la sensibilidad y, realmente, es la labor que cumplen –de forma más o menos explícita– estas canciones.

No hablamos, claro está, del cultivo de una sensibilidad artística o literaria, ni de argumentos sofisticados –a lo que también debería prestar atención la cultura a fin de evitar el lodazal del sentimentalismo–, sino de una piel moral que recubre nuestra sensibilidad. Para Oakeshott son las emociones que subyacen en muchas de nuestras convicciones ideológicas las que guían, como un faro, las reacciones colectivas –también las individuales– ante los problemas que nos plantea la realidad. «Cuanto más  minuciosa sea la comprensión de nuestra propia tradición política –escribe Oakeshott– y cuánto más rápido contemos con todos los recursos, menos inclinados estaremos a adoptar las ilusiones que atrapan a los desprevenidos: la ilusión de que en política podemos seguir nuestro curso sin una tradición de comportamiento, la ilusión de que la versión resumida de una tradición es en sí una guía suficiente y la ilusión de que en política hay siempre un puerto seguro, un destino al que se llega o incluso una huella detectable de progreso».

Hablar de la sensibilidad como una de las formas de educación política es hablar de los problemas relevantes de nuestro tiempo. Son las ideas, configuradas previamente por las emociones, las que funcionan como un marco instintivo desde el cual uno aprueba algo o lo rechaza, favorece un determinado relato o lo desdeña. Es la sensibilidad política la que hace posible que se construyan realidades paralelas y se destruya todo aquello que hemos heredado. Y es la sensibilidad política la que reduce el campo del debate racional imprescindible para la vida democrática. Guiarnos por una sensibilidad determinada –no hagamos ni siquiera juicios morales al respecto– te conduce a un destino muy distinto a si te desplazas por el mundo equipado con un bagaje emocional diferente. Donde uno ve realismo, el otro percibe cinismo. Donde uno habla de democracia, el otro reconoce los escombros ideológicos del populismo. No debemos llamarnos a engaño, porque en estos próximos meses y años lo que se juega Europa no es sólo su supervivencia como figura política, sino también sus libertades y sus derechos, que son los nuestros, los del gran espacio común de la democracia representativa. Y constituiría un grave error cederlos gratuitamente. Porque sabemos, ya desde los clásicos, que no existen espacios vacíos en  política. Sin una tradición política sofisticada –volvamos a Oakeshott– que sea cultivada con mimo, sin una sensibilidad que module y lime las aristas emocionales, sin unos símbolos que a su vez sean expresión de una racionalidad que incluya a todos los ciudadanos, nos movemos forzosamente en un territorio frágil y sin diques. Y es que, sin sentimientos adultos, lo que nos queda es una tierra baldía arrasada por la gota fría de los peores instintos y esa maldad particular del tacticismo como estrategia de la división. No hay más. Pero tampoco menos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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