Capri

Al llegar a Capri, cumplimos con el rito sagrado del funicular. Afuera llovía copiosamente, con furia se diría, y nos apretujamos en la estación en medio de una miríada de turistas americanos y rusos; pero fue suficiente medio minuto -el tiempo que emplea el transporte de la Marina Grande a la ciudad de Capri- para que la lluvia se detuviera y, timidamente, surgiera el sol sobre el puerto. Desde la piazzetta se esbozaba un arco iris sobre el golfo de Nápoles, con el Vesubio al fondo y Amalfi a la derecha, y, aunque todavía no nos habíamos registrado en el hotel, nos demoramos un instante contemplando la luz iradiscente de la mañana.

El Barroco napolitano se convierte en Capri en una especie de claustro de luz matizada, en un huerto monacal que se sostiene milagrosamente sobre el aire. Aquí han vivido, entre otros: John Singer Sargent, Pablo Neruda, Axel Munthe, Marguerite Yourcenar, Graham Greene, Curzio Malaparte… Quizá el primero, el más importante de todos ellos, fuera el emperador Octavio Augusto; pero sería su sucesor, Tiberio, quien convirtió la isla en su peculiar edén libidinoso. El cronista Suetonio lo narra así: “En su refugio de Capri, Tiberio pensó en acondicionar un cuarto con bancos para sus deseos secretos. Reunía allí a un grupo de muchachas y jóvenes disolutos para unos acoplamientos monstruosos y se prostituían entre ellos para reanimar con esta visión sus deseos desfallecientes […] Ordenó abrir grutas y cavernas en los bosques y florestas de la isla, donde jóvenes de ambos sexos se entregaban al placer vestidos de silvanos y de ninfas.” En su dormitorio principal, Tiberio mandó colocar un cuadro del pintor griego Parrasio de Éfeso. Parrasio, cuentan los clásicos, fue el inventor de la palabra pornographia que, literalmente, significa “el retrato de una prostituta”, tal vez Teodotea a la que Parrasio amó y pintó desnuda.

La ‘Villa Jovis’, que construyó Tiberio, sigue siendo uno de los palacios mejor preservados de la antigüedad romana; aunque la fama de Capri se deba más a su paisaje y a la rusticidad popular de su urbanismo. Desde la Villa san Michele, la antigua casa del escritor Axel Munthe y propiedad ahora de la corona sueca, se contemplan las mejores vistas de la isla. Teñida de rojo, la Casa Malaparte es un asombro racionalista sobre el mar. El mayor deleite lo encuentra uno, sin embargo, perdiéndose entre las callejas de la ciudad o deteniéndose a observar la luz de las horas en una terraza de la Piazzetta. Allí pude comprobar otro rasgo del carácter napolitano: cuando pedía las bebidas en español, jamás nos obsequiaban con un plato de aceitunas como sucedía en las mesas ocupadas por otros turistas. Tuve que emplear mi mejor inglés para acompañar los limoncellos con una ración de patatas. Se ve que entre turistas también hay clases. Ya sólo al final, descubrimos el restaurante da Tonino, una diminuta casa de comidas cuya carta estaba garabateada a bolígrafo. Nosotros, y unas jubiladas francesas, éramos sus únicos clientes. El propietario -al que las francesas llamaban Toninó- padecía un Parkinson incipiente que se manifestaba en el temblor de sus manos al servirnos la comida. Era un hombre apagado, triste, que había superado ya la edad de la jubilación. La última noche nos habló de la infancia y del mar -había sido pescador-, ese mar donde deseaba que le enterraran. Y al confesárnoslo, sonrió levemente…

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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