La pregunta de la enfermera

por | Ago 25, 2017 | Animal Social | 0 Comentarios

Dibujo la escena de memoria, porque no tengo a mano el libro en que la leí.  Sucedió en Holanda, a principios de los años cuarenta. Al atardecer empezó a nevar con fuerza en el campo de concentración. La temperatura era gélida y anunciaba un frío muy distinto. Tras la nevada salió la luna, que resplandecía sobre un campo embarrado de hielo y fango. Una joven enfermera divisó entre los barracones a un cartujo, un monje de la más estricta clausura, rezando el breviario. Ambos son prisioneros, condenados a muerte. Se le acerca, le mira a los ojos y le pregunta: “Dígame Padre, ahora que ha visto el mundo cara a cara, ¿qué opina de él?”. Desconocemos la respuesta. Porque la respuesta fue el silencio, y una mirada asombrada y perpleja. Un silencio que, en el fondo, traslucía el misterio del mal.

Como en la pregunta que planteó la enfermera, debemos mirar el mal cara a cara, con nuestros propios ojos, sin prejuicios ni ideas preconcebidas. El mal carece de excusas, aunque pueda tener sus causas. Y las tiene, sin duda. El mal actúa con una fuerza que se adentra en la realidad y aspira a regir sobre ella. El mal exige sus víctimas, ya sea en forma de pobreza, de dolor, de muerte o de injusticia. Combatir el mal requiere conocerlo primero, no negar su existencia ni edulcorarlo según de las necesidades de una ideología. Porque ningún paraíso futuro puede edificarse sobre un presente teñido de sangre.

En un escrito del periodo de entreguerras, el autor alemán Ernst Jünger se pregunta cuáles son las bondades de fotografiar el horror. Responde que pocas. La imagen de un mutilado, de un caído, de una víctima de la guerra sirve, en su opinión, para fijar en el imaginario colectivo una semilla de odio contra el asesino. Respetar el descanso de los muertos supondría, por tanto, no utilizarlos para modificar la conciencia de los vivos. Se trata de un argumento válido y persuasivo. Las atrocidades cometidas por los alemanes durante la II Guerra Mundial no explican toda la realidad de Alemania, del mismo modo que nadie es responsable de los crímenes que cometieron sus antepasados. Pero el debate que se ha abierto en la prensa española después del ataque yihadista a Barcelona sugiere algo distinto: ¿la prensa cae en el sensacionalismo y azuza el morbo de la ciudadanía al poner en portada las fotografías de los caídos o, por el contrario, estas imágenes son indispensables? ¿Ayudan tal vez a los intereses de los terroristas? ¿Fijan acaso una memoria del odio, como temía Jünger?

Sospecho que la respuesta se esconde en la cuestión que propuso la enfermera al cartujo: “Ahora que has visto el mundo cara a cara, ¿qué opinas de él?”. También nosotros necesitamos mirar el mal cara a cara para saber qué es  realmente el terrorismo y cuáles son sus brutales consecuencias. Mirar el mal a los ojos para quitarle cualquier halo romántico y no permitir que un estúpido complejo de culpa –“Occidente siempre es culpable”– excuse lo inexcusable. El mal está aquí, entre nosotros, y debe ser combatido como tal. Lo cual supone, en primer lugar, reconocer que no sabemos muy bien cómo derrotarlo. Ni renegar de nuestra identidad occidental, que se basa en la pluralidad y en el respeto a la diferencia, sobre el fundamento común de unos derechos y unos deberes irrenunciables. Y ser firmes con los que quieren destruir nuestra paz civil, ya sea quebrantando las leyes, atentando contra la vida o creando el terror. Y todo eso supone asfixiar económicamente las fuentes de financiación del terrorismo, controlar la propagación de unas ideas asesinas, fomentar el desarrollo de los países de la ribera sur del Mediterráneo, no consentir discriminaciones de ninguna clase y aumentar la cooperación internacional. Pero para ello necesitamos también mirar primero el mundo cara a cara y no caer en el buenismo ni en la xenofobia; no vivir encerrados en la celda de nuestras ideas y llamar a las cosas por su nombre: la maldad del mal, la bondad del bien. Porque perder el tiempo en debates estériles no conduce a ningún sitio. Y conviene ponerse manos a la obra, como nos recuerda Cervantes, pues “en la tardanza dicen que suele estar el peligro”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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