Los libros que no he leído | Jordi Amat

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Cuando la vigilia del día de Navidad de 1985 Manual Amat Rosés murió, tenía 76 años. La memoria que conservo de mi abuelo paterno es escasa. En realidad casi sólo recuerdo el día de su funeral, frío, alineado a la salida de una iglesia de la Barcelona Vella estrechando la mano de decenas de desconocidos que nos daban el pésame. Yo no pasaba de los 7. Sería bastante después cuando lamenté no haber podido charlar algunas horas con él sobre sus días de juventud, sobre su patria desaparecida. Actor secundario de la Edad de Plata de la cultura catalana, lector de Pla y de Camba, de Junoy o Gómez de la Serna, me lo imagino en plena Segunda República como el pequeñoburgués decente que yo querría ser. Luego, la guerra. Y luego, Destino.

Mucho después de su muerte, cuando los gusanos ya habían devorado parte de su librería, pude salvar parte de ese mundo desaparecido fosilizado en los volúmenes de su biblioteca. Allí estaban 8 volúmenes de las Vides paral·leles de Plutarco, traducidos por Carles Riba y publicados por la mítica Bernat Metge. El primero, con el exlibris, sigue esperando su momento. Ese más que cualquier otro.

Por entonces yo ya me dedicaba a las biografías. A estudiar los distintos estilos narrativos empleados para reconstruir vidas con palabras. Incluso me había atrevido ya, demasiado pronto, a escribir alguna. Estudiaba Filología Hispánica y era un imberbe becario de la Unidad de Estudios Biográficos que dirigía Anna Caballé. Mi primer encargo fue reconstruir la peripecia de un personaje más bien raro: un tal Rudolf Grewe –un informático de madre catalana que murió atesorando una de las principales colecciones de libros de cocina antiguos–.

Resultó que el tipo, cuando estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de la primera postguerra, fue condiscípulo del crítico Juan Ferraté. Aún vivía, Ferraté, lo llamé y le dije que estaba documentándome para escribir la biografía de su lejano amigo. Le entrevisté y, de paso, le pedí que me recomendase un buen modelo de biografía. Ferraté, que había sido profesor de lenguas clásicas, no me sugirió a Plutarco sino la Vida de Julio Agrícola de Tácito. La compré, claro, y la hojee, como casi siempre.

Para Ferraté la clave de la biografía estaba en una reflexión al final del texto. Allí Tácito se dirige a la viuda y a la hija de Agrícola y les conmina a venerar la memoria del marido y el padre muerto. Para ello, para perpetuar el recuerdo, mejor las palabras que la escultura. “Que recuerden tus hechos y palabras, que acojan en su ánimo la forma y la figura del alma más que la del cuerpo, no porque crea que haya de oponerse a las imágenes que se esculpen en mármol o en bronce, pero los rostros de los hombres, al igual que los retratos de sus rostros, son frágiles y perecederos”. La vida reconstruida en palabras, en cambio, la vida de las acciones la revive del lector que lee y, gracias a la memoria de lo que se ha leído, si le emociona, puede pervivir en la conciencia del lector. Ese es el secreto del género biográfico cuando rompe las costuras de la historiografía y asedia el campo de la literatura.

Terminé la biografía del tal Grewe, que no se publicó, y me atreví con Luis Cernuda, con el Joyce de Edna O’Brien como libro de cabecera. Fuerza de soledad se publicó en 2002. Me licencié y, casi con naturalidad, decidí proseguir con la carrera académica fijando como tema de mi tesis doctoral la escritura biográfica en España. No logré terminarla, cambié de tema y fui abducido por la historia intelectual. Aquí eso no importa. Importan las vidas escritas.

El período de estudio de mi tesis fallida iba de 1928 a 1952, es decir, de Vida de Manolo de Pla –que también estaba en la biblioteca de mi abuelo (en dos ediciones, por cierto, la lujosa y la sencilla)– al Cervantes y el Verdaguer de Sebastià Juan Arbó. Y, leyendo biografías aburridísimas, una tarde en la biblioteca del Pavelló de la República cayó en mis manos una edición de quiosco de El maestro Juan Martínez que estaba allí. Como pasa siempre, o como pasa en demasiadas tesis de filología rancia sobre literatura, el estudio de la recepción de los libros bloquea lo realmente importante: la lectura y el estudio de esos libros. Yo también tropecé con eso, refugiado en la hemeroteca, y dediqué demasiadas horas a buscar las críticas de las biografías de esa época que escribían los críticos. En especial, en Revista de Occidente.

Allí di con el breve comentario “Escuela de Plutarcos” de Antonio Marichalar. Era, tal vez, el primer saludo consciente en España a la nueva ola de biografías que se estaban publicando en Europa, revolucionando un género que gracias a su narrativización saltaba de la historia a la literatura, soltando lastre moralista para enfrentarse con valentía a la dimensión íntima del sujeto. Esa era la escuela que yo estudiaba, pero intentaba hacerlo sin conocer sus orígenes. Sin leer a Plutarco.

Tal vez esa ausencia de lo que es fundacional en nuestra cultura sea como una presencia silenciosa en nuestra memoria de lectores. No sabemos cómo, no sabemos exactamente por qué, pero allí está sin estar. Está porque el rastro que iniciaron traza el punto cero del camino que decidimos transitar. Sigo sin leer las Vidas y debería hacerlo. Este verano lo voy a intentar.

Jordi Amat es filólogo y escritor. Su último libro es La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática. El próximo miércoles día 5 publica la biografia Com una pàtria. Vida de Josep Benet.

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