La geometría de la luz

Recuerdo perfectamente el momento en que descubrí la literatura de José Carlos Llop. Fue una tarde de invierno de 1996, hacía frío y las nubes condensaban el color del cielo. Yo, por aquel entonces, era un joven policía militar que salía a pasear a menudo por las murallas de la ciudad. Miraba el mar, tomaba notas, leía. El libro era La estación inmóvil, su primer dietario, publicado por Guillermo Canals en una hermosa colección llamada Port Royal. Aquella tarde, empezaron a caer copos de nieve y la luz, de repente, adquirió una intensidad inaudita formando una especie de mosaico de teselas blancas. En una de las notas del dietario, leí que “escribir es un viaje a través de las tinieblas hacia la claridad”. Pensé en ello, cerré el libro y regresé andando al cuartel.

Años más tarde, me di cuenta de que en la literatura de José Carlos Llop, la luz y el orden van de la mano. Una luz especial, por supuesto, que sombrea la memoria y le convierte en un poeta de la mirada. Y una voluntad de orden que busca perfilar la intimidad del yo sobre un tapiz de resonancias clásicas. Esto es cierto, incluso en su libro más oscuro,  El mensajero de Argel, una auténtica novela de ideas que traza un paralelo entre la desaparición de la memoria y la atmósfera nihilista de nuestra época y en la que subyace la esperanza de una luz que salve al hombre del olvido y descifre el silencio que queda sin respuesta.

De ahí que la crítica haya dicho, y con razón, que la de José Carlos Llop es un voz peculiar dentro del panorama literario español: una voz que bebe de la Biblia y de Tintín, de Jünger y de Brodsky, de Eliot y de los grandes novelistas ingleses. Una voz, además, que con el paso de los años ha ido adquiriendo una densidad metafísica –lean por ejemplo, su extraordinaria “Elegía” en el reciente La avenida de la Luz– poco frecuente en nuestras letras. Quizá porque en España aún cuesta entender que la belleza –o la elegancia- constituye una forma de moral y que la literatura –en su sentido más pleno– es el esqueleto intelectual y humano sobre el que asienta la cultura europea -su pathos, diríamos, pero también su ethos-. “La literatura –anota Llop en su diario– disecciona la soledad, eximiéndola de la muerte”. A ambos lados, sólo el vacío.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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