Los libros que no he leído | Llucia Ramis

Foto: Toni Ramis.

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Las obras completas de Sigmund Freud

Algunos libros llevan tanto tiempo en el piso de mis padres, que ellos ni siquiera los ven. Forman parte de su paisaje cotidiano. Las enciclopedias, por ejemplo. Recubren las paredes de la sala de estar. Tienen el lomo descolorido. Hay una juvenil que mi padre compró cuando empecé el instituto. Hay un Atlas que incluye mapas geográficos ya inexactos, fronteras desplazadas, densidades de población obsoletas. Pienso en el espacio que ganarían mis padres si se quitaran esas inútiles enciclopedias de encima. En cómo cambiaría su cosmos.

También tienen libros de psicología, imagino que desactualizados. A saber cuándo fue la última vez que alguien los leyó. Y ahí, en lo más alto, está Freud, inalcanzable desde mi metro setenta y desde la psicología misma que, por más avances que haga, nunca logra matar al padre del todo. Sigmund Freud, creador de la autoficción, se inventó al ser humano y le hizo creer que era real. Le hizo creer que era protagonista, y no sólo un figurante. Convirtió a cada humano en mito, y así nos mitificamos todos. Egocéntricos, ególatras, egoístas, superegos. Le dijo al ser humano que sus sueños lo definían, y alguno quiso seguir soñando. Para otros, aquella condena es una pesadilla.

No he leído ni una sola palabra de lo que escribió. Y sin embargo, mi razonamiento está impregnado de ideas freudianas porque se hallan en todas partes, desde Hitchcock, Dalí y Stefan Zweig, hasta en las citas tontas de internet, a menudo mal atribuidas, siempre con una foto suya al lado para darles verosimilitud. Según sus propias teorías, Freud estaría en nuestro subconsciente porque, durante más de un siglo, se ha ido filtrando en todas las formas de arte, es decir: en las maneras de interpretar y expresar el mundo.

Le atribuyó a la vida los principios de la narración para darle un sentido, aunque la existencia no tendría por qué tenerlo. Trató temas truculentos y ocultos, de los que nadie más se atrevía a hablar, y así su versión se impuso como la única válida. Era un provocador y además provocaba un interés morboso. Aplicó la literatura a cualquier experiencia. El planteamiento y el nudo explicaban el desenlace. Cada característica era la consecuencia de una causa atávica. Y ahí estaban incestos, histerias, represiones, mentiras, obsesiones, tabúes, deseo, sexo, muerte y rock’n’roll. Éramos un Homero, éramos un Shakespeare. En definitiva, éramos un culebrón.

Aunque sea para contradecirle, no hay retrato psicológico en el que no esté Freud. Lleva tanto tiempo aquí, que ni siquiera lo vemos. Sus obras son inexactas y obsoletas, sus fronteras están desplazadas. Sigue formando parte de nuestro paisaje cotidiano. Cómo cambiaría el cosmos sin él.

Llucia Ramis es escritora y cronista. Su último libro se titula Tot allò que una tarda morí amb les bicicletes (Columna), y en castellano Todo lo que una tarde murió con las bicicletas (Libros del Asteroide).

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