Los libros que no he leído | Jordi Nopca

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Me resulta prácticamente imposible –quizá por la deshonestidad que conllevaría– escoger un único libro de Georges Simenon de entre su abultada producción que aún no haya leído y, sin embargo, me haya influido. Tiene que ser una influencia global y borrosa, imposible de detallar pero, aún así, tangible. El autor belga escribió casi doscientas novelas entre 1931 y 1972: fueron cuarenta años de creación frenética a los que cabe añadir una última década de volúmenes autobiográficos que finalizan con ‘Mémoires intimes’ (1981), más de mil páginas con algunos de los pasajes más espeluznantes de la obra de Simenon (véase los capítulos dedicados a su hija Marie-Jo, que acabó suicidándose a los 25 años). Las cifras que presenta Simenon son excepcionales: es autor de más de 30.000 páginas, cuenta con más de 3.500 traducciones y ha vendido más de 550 millones de ejemplares de sus novelas; incluso como explorador recalcitrante de ‘meublés’, sus amantes de pago –superaban a las 10.000, según el autor– son difícilmente igualables.

Sería muy extraño no haber leído ninguna novela de Simenon, y al mismo tiempo es imposible haberlas leído todas para poder dar una imagen global del mundo desaparecido, siniestro, (a menudo) racista y altamente alcoholizado que convoca el escritor. Con autores como Alexandre Dumas, Agatha Christie, Josep Pla, Isaac Asimov y más recientemente con César Aira ocurre un fenómeno parecido. Son pocos los lectores no motivados por un oscuro interés académico que puedan acceder a la obra de estos autores en su integridad, aunque su producción literaria sea altamente adictiva, y parte del interés que despiertan se encuentre en su fertilidad sobrenatural.

He leído más novelas de Simenon que de muchos otros escritores. Calculo que deben de ser unas veinte, desde el lejano descubrimiento de L’homme qui regardait passer les trains un aburrido fin de semana previo a los aún más aburridos exámenes de periodismo –nunca he olvidado el nombre de su protagonista, Kees Popinga– hasta la recientísima y aún inacabada lectura de La disparition d’Odile, penúltima novela del autor, donde se advierte que su capacidad creativa empieza a debilitarse. Entre la magnética huida de Popinga y la previsible desaparición de Odile –la primera fue publicada en 1938; la segunda, en 1971– he leído varias novelas de Simenon. Entre los  ‘romans durs’ destacaría Le chat (1967) y Les demoiselles de Concarneau (1936). Pese a mis reticencias hacia las ‘séries noires’, he sabido apreciar el inteligente equilibrio entre misterio y cotidianidad que ofrecen las novelas de Maigret: empecé con L’affaire Saint Fiacre (1932) –primer libro que tomé prestado de la mediateca del Instituto Francés de Barcelona; el segundo fue Extension du domaine de la lutte, de Michel Houellebecq– y desde entonces intento leer una vez al año un ‘nuevo’ caso del inspector de Quai des Orfèvres –el último fue Maigret et son mort (1948) el pasado diciembre–.

Aunque haya leído a Simenon y pueda identificar algunos de los temas recurrentes de su obra, mi veintena de lecturas no suponen ni un 10% del total del universo escrito por el autor belga –el conocimiento que tengo de él es, por lo tanto, mínimo e irrisorio–. Simenon es una influencia importante para mí porque, en primer lugar, es un escritor inabarcable. Nunca voy a leer toda su obra: su influjo en mí es, por lo tanto, fantasma; siempre pesarán más las posibilidades que ofrece su obra pendiente de lectura que las pocas certezas que haya podido acumular a partir de las –insuficientes– novelas que haya leído. Además, siempre que vuelvo la vista atrás hacia la parte de su producción que ya he leído tengo graves problemas para recordar cómo avanzaba la acción. Maigret chez le coroner (1949) ocurre en Estados Unidos, y el cadáver que activa la investigación es el de una chica joven. Mi memoria llega hasta aquí. Las intrigas de Simenon tienen la virtud de ser olvidadas con una gran facilidad: por esta razón cuando se relee una de sus novelas el placer de descubrir cómo se desarrolla el argumento sigue intacto. En Simenon, la sencillez de las frases y la dirección unívoca de la trama esconde siempre algo inasible que va más allá de ese libro, situándolo en el interior de un caleidoscopio narrativo de extensión inconmensurable, capaz de sumir al lector en un estado de perplejidad próximo a la hipnosis gracias a sus figuras geométricas familiares y, al mismo tiempo, siempre cambiantes.

Jordi Nopca es escritor. Su último libro se titula Puja a casa (L’altra Editorial) y en castellano Vente a casa (Libros del Asteroide).

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