Los libros que no he leído | Antonio García Maldonado

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Los libros que no he leído me influyen más que los que he leído. Mi hábito está plenamente condicionado por una realidad que soy incapaz de digerir bien cuando caigo en ella –similar al desasosiego que siento cuando, de noche, voy al baño y no encuentro sentido a nada–: nunca podré leer los libros que quiero leer, ni aunque dedicara 18 horas del día, liberado de una ocupación alimenticia. Ni aunque renunciara a amigos, al ocio, a la vida más allá de las páginas.

El escritor Antonio Soler me dijo que anota cada libro que ha leído desde que adquirió el hábito, unos 5.000 desde entonces, creo recordar. Y Justo Navarro me contó que no ve cine para poder leer. Ulises Lima, personaje de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, leía incluso en la ducha, acuciado por la misma angustia. Para mí, lo inabarcable e ininteligible del mundo está resumido en esa imposibilidad material de leer todos los libros que ya están escritos y yo quiero leer y no podré leer. Las dos angustias se remediarían con la inmortalidad, una inmortalidad física que conllevara una inmortalidad lectora. Sería bonito si coincidiera con la aplicación de la renta básica.

Mi hábito cervecero me acerca más a Sancho Panza que a don Quijote, y hace años decidí dejar de pelearme contra ese molino de viento de la Lectura Total. Adopto mis costumbres a esa enfermedad crónica de la insatisfacción, y voy tirando: acudo a librerías pequeñas, cuyo tamaño me engaña unas horas con la metadona de un mundo literario abarcable; compro varios libros a la vez pero de distinta extensión para leer el más largo gracias al aliento que me proporciona ir terminando los más cortos. Eso además, me ha hecho un lector promiscuo también en cuanto a géneros. Me fijo en editoriales pequeñas, cuyo ritmo de publicación, si todos me interesasen, podría asimilar. La lectura diaria de periódicos y suplementos tiene efectos paradójicos: me dan la satisfacción de acabar la lectura en el día, pero incrementan la angustia al ponerme tras la pista de más libros.

En esa búsqueda de atajos, agradezco las letras grandes, la vida en ciudades pequeñas –cuento los días para poder vivir en el campo–, los vuelos trasatlánticos, las parejas sin ocios sociales compulsivos, las amistades cómplices que alientan la lectura con sus recomendaciones y toleran las retiradas temporales sin pedir demasiadas explicaciones.

George Perec definió bien en Las cosas la relación que mantengo entre amistad y literatura, sin la cual una y otra serían imposibles: “Eran todo un grupo, una buena pandilla. Se conocían bien. Tenían, pegándoselos unos a otros, costumbres comunes, gustos, recuerdos comunes. Tenían su vocabulario, sus signos, sus manías. Demasiado emancipados para parecerse totalmente, pero, sin duda, no lo bastante aún para no imitarse más o menos conscientemente, se pasaban la vida haciendo intercambios. Eso los irritaba a menudo; más a menudo aún los divertía”.

Mi día a día y mis anhelos están condicionados por mi relación patológica con los libros. O con la imposibilidad de abarcarlos. Mi bolsillo también. Compro más de los que leeré, hábito que los japoneses llaman Tsundoku. De modo que siempre estoy alerta ante nuevas manifestaciones de este mal para idear la trampa que me ayude a sobrellevarlo. Como cuando Felipe González encontró los bonsáis y las piedras para tener sensación de acabar algo frente a la eterna reproducción de los problemas en la vida política. O como hacía el personaje de un manuscrito sobre el que hice un informe (favorable) para una editorial, que se hizo matemático para trabajar con leyes fijas y, en gran medida, limitadas, y así huir de la angustia que le producían los debates sociales y las inquietudes humanas que le transmitía la literatura.

Aspiro a cronificar el mal, no a curarlo. Una conllevancia, que diría Ortega.

Antonio García Maldonado es analista de inteligencia competitiva y ocasional editor.

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