Els estranys

por | Mar 15, 2017 | Animal Social | 1 Comentario

Els estranys (Edicions de 1984) es una novela extraña, aparentemente sencilla, misteriosa, que ha escrito el joven autor de Solsona Raül Garrigasait. Nos sitúa en la primera guerra carlista –año 1837–, a través de las falsas memorias de un  soldado prusiano que se enrola en las tropas del pretendiente al trono, don Carlos María Isidro de Borbón. La excentricidad de los personajes y de las situaciones va sedimentando un relato que puede leerse en clave de humor, pero que en realidad refleja una potente meditación sobre el conflicto entre la tradición y la modernidad, la fijación de los recuerdos, el asombro que provoca la Historia para quien la sopesa y observa con atención, y también sobre la dosis de locura que se esconde tras la ilusoria espontaneidad del mimetismo.

El dominio del lenguaje permite a Garrigasait alcanzar el indispensable pacto de credibilidad con el lector. La ficción nos enseña que a la verdad de las emociones y de la inteligencia se llega por medio de algún tipo de artimaña o, más bien, de una suma de ellas. La ficción es necesaria para cohesionar la realidad e, incluso, para reconocer cuál es el rostro de nuestra verdadera identidad: una mentira –diríamos– que no es falsa, sino el recurso utilizado para poder agarrarnos al vestido de lo que sabemos que es cierto, pero que no cabe expresar de otro modo. Els estranys se sitúa en esta precisa encrucijada, igual que una atalaya desde la que se divisan las huellas de un pasado que no ha dejado de palpitar y que sigue presente hoy, como la mampostería con que se erigen los frágiles muros de la condición humana.

Entre la fragilidad y el misterio, la novela de Garrigasait da vueltas en torno a la pervivencia de un espíritu similar al carlista en una época, la nuestra, que históricamente ya no le pertenece. Lo ejemplar en este caso sería el conflicto entre el apego a una realidad que nos resulta familiar y los efectos sísmicos que provoca la modernidad cuando quiebra el horizonte acostumbrado de las certezas. Si todo lo sólido se desvanece en el aire, como señaló Marx, entonces cualquier seguridad queda en suspenso: la confianza en la protección que ofrece el Estado de bienestar frente a las consecuencias negativas de la vida o la estabilidad de las familias o la de un trabajo fijo. La lección de la Historia consiste, sobre todo, en una serie de enseñanzas que se repiten a modo de incesante maldición: pocas cosas son seguras, nada es sólido, el futuro resulta siempre una incógnita. Recordemos las palabras del filósofo Séneca, escritas hace dos mil años: «El sabio es consciente de que le espera todo tipo de infortunios. Ante cualquier accidente exclama: “lo sabía”». Los choques entre la tradición y la modernidad son inevitables: sus consecuencias también.

Del siglo XIX a nuestro siglo XXI, estas rupturas provocan malestar e inquietud. El capitalismo, por su propia dinámica, acelera tales procesos. La resistencia a los cambios se vincula al miedo de perder un depósito de certezas que nos resultaban ya indispensables y, al mismo tiempo, la ansiedad que provoca dicha pérdida se vive como desengaño o desilusión. La quiebra de la confianza en la democracia representativa tiene mucho que ver, por ejemplo, con el clima de corrupción generalizado y con una selección cada vez más peor de la clase política. El miedo al futuro se alimenta de una globalización que ha convertido las multinacionales en empresas sin rostro conocido. El miedo al futuro se sustenta en la fragilidad del trabajo, amenazado por la tecnología y la sobreabundancia de trabajadores a nivel global. El miedo al futuro se incrementa también con la inseguridad que provoca la lejanía de unos centros del poder, cada vez más distantes, cada vez más burocratizados. Los carlistas deseaban un mundo cercano que les fuera reconocible. Los revolucionarios de derechas y de izquierdas anhelan un orden similar, aunque éste tenga ya mucho de entelequia o de deseo frustrado, y su expresión sea caótica y peligrosamente incontrolable. La novela de Raül Garrigasait nos recuerda que las huellas culturales del pasado permanecen en el tiempo y siguen actuando, ya sea a favor del curso de la Historia o en su contra. Nuestro mundo en crisis no es tan distinto.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

1 Comentario

  1. «Una mentira que no es falsa» me parece una magnífica definición de lo que debería ser la buena ficción. Pienso que hay dos tipos de ficciones: la que nos ayuda a entender la realidad y la que nos dibuja la realidad como nos gustaría que fuese. El segundo tipo es frecuente en la política.

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