Ronja, la hija del bandolero

Leo en el periódico que muy pronto se va a estrenar en España Ronja, la nueva serie de animación dirigida por el hijo del mítico director japonés Hayao Miyazaki de Studio Ghibli. Enseguida he ido a Youtube y he visto el primer tráiler de la serie y la hermosa “Nana de los lobos”, que su madre canta a la protagonista.

Leí hace unos años con mis hijos la novela en que se inspira la serie, Ronja, la hija del bandolero, en la vieja edición de Juventud, donde creo que hemos leído todo, o casi todo, Astrid Lindgren, seguramente la mejor escritora para niños del siglo XX. En las antípodas de ese moralismo de la corrección política –con sus puntas de ingeniería social–, la literatura de Lindgren refleja con desenvoltura el universo moral de la infancia. Pippi Calzaslargas puede ser una gamberra que descree de cualquier formalismo, pero su sentido de la justicia permanece intacto. En Rasmus y el vagabundo, Lindgren acude a las emociones, a la amistad y al coraje para destruir nuestros prejuicios y para demostrar –como les explicaba a sus nietos otro gran escritor sueco, Per Olov Enquist– que “todos podemos conseguir mucho más de lo que pensamos”. En el universo Lindgren, Ronja ocupa también un lugar destacado, a medio camino entre la mitología y las sagas medievales. Hay algo épico en la historia de una familia de bandoleros que vive en un castillo partido en dos por un rayo y cuya única hija, Ronja, se enamora del vástago del bandolero rival. Sobre un trasfondo de arpías y trolls, de odios cainitas y miedos encubiertos por el sentido del honor, la relectura de Romeo y Julieta en clave infantil resulta evidente. La apreciación de Chesterton sobre los cuentos de hadas –“el núcleo sano en torno al que gira un mundo enloquecido”– adquiere aquí todo su sentido. Y, si al final gana el bien, es precisamente porque existe ese núcleo sano que se niega a seguir sosteniendo la rueda de la violencia o de la crueldad o de la injusticia. En la literatura de Lindgren nada es gratuito.

La nueva serie televisiva del Studio Ghibli –creo que la primera en su larga carrera como estudio de animación– me ha hecho pensar en las series anime de mi infancia: Heidi y Marco, el capitán Harlock y Ana de las Tejas Verdes, Tom Sawyer y Sherlock Holmes. Seguramente habría alguna más que ahora no  recuerdo. En su mayoría eran adaptaciones de novelas y exigían periodos prolongados de atención a los niños. El perfil de los personajes se iba definiendo a lo largo de la serie y la inocencia de las emociones recreaba con su desnudez la sensibilidad de la infancia. Los guiones no respondían a una sucesión de gags interrumpidos o de escenas disparatadas, como sucede hoy tan a menudo. Si las series actuales abrevian la historia para mantener el interés de los pequeños, las de los años 70 y 80 sabían que ellos son capaces “de mucho más de lo que pensamos”. Al tratarlos con respeto, sin ocultarles ni la dureza ni la belleza de la vida, se preservaba el secreto de la niñez sin caer en la infantilización. Uno de los valores de la auténtica literatura –o del cine de calidad– es éste.

Hace unos días, Gregorio Luri declaraba en su Café de Ocata que la lectura no nos hace libres, “pero sí más conscientes de los matices”. Pienso que algo similar sucedía con las antiguas series de anime. A la belleza visual de los viejos artesanos del dibujo, se añadía la arquitectura emocional de unos relatos largos y profundos. Las emociones nobles –como la justicia o la generosidad– se enfrentaban  a los impulsos sombríos y violentos. El amor posesivo jugaba su partida contra la libertad. Y, de repente, te dabas cuenta de que la mirada del niño preserva algo de una inocencia previa a ese peso que abruma la condición humana, ese fardo que se construye con la biografía y que agosta los sentimientos. Por supuesto, Lindgren sabía todo esto como lo sabe el cine animado de Studio Ghibli, siempre honesto y poético; siempre literario, matizado y narrativo.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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