La voz del profeta

Foto: Fundación-Museo Jorge Oteiza

Fue el poeta donostiarra Gabriel Insausti, quien me habló por primera vez de la obra escrita del escultor vasco Jorge Oteiza (1908 – 2003), de quien, por aquel entonces, andaba preparando una tesina. Durante mucho tiempo, pensamos en ir a visitarle –Gabi ya le conocía y le había tratado en su retiro navarro de Alzuz– aunque luego nunca llegamos a ir, quizá porque Insausti se marchó a Inglaterra para continuar con sus estudios de doctorado. Tras la muerte del escultor guipuzcoano en 2003, la Fundación-Museo que lleva su nombre ha procedido a publicar su obra completa, en cuidada edición crítica, de la que, hasta el momento, han aparecido los volúmenes dedicados a la poesía, su ensayo Quosque Tandem…! y Carta a los artistas de América.

Hablar de Oteiza es referirse a una de las voces fundamentales del arte español del siglo XX. Podríamos hablar en primer lugar de su escultura –y para aquellos que no la conozcan, les recomiendo el catálogo de la exposición que le dedicó el Guggenheim de Bilbao hace unos años-; pero su obra artística sería impensable sin tomar en consideración la poesía y, sobre todo, un ensayo fundamental: Quosque tandem…!. La paradoja oteiciana se cifra en un escultor que abandona la escultura para dedicarse a escribir, precisamente cuando tras ganar la Bienal de Sao Paulo se encuentra en el cenit de su carrera. En el fascinante prólogo que firma Insausti para la Poesía Completa se apunta que detrás de esta renuncia se esconde una cierta voluntad profética – la figura hebrea del nâbi o profeta, el hombre llamado a una misión y a hacer oír su voz. De este modo, si Oteiza juega a ser un profeta, Quosque Tandem…! representa su texto sagrado: un ensayo mágico y revolucionario, caótico a menudo, escrito en una prosa titánica y sincopada que constituye, sin ningún lugar a dudas, una de las reflexiones estéticas más importantes que se han publicado en España en los últimos cien años.

La voz profética de Oteiza se extiende a la cultura vasca –que él ve como origen de Europa en una especie de meta-relato genesíaco que le conduce a leer los mitos griegos en clave vascongada– y que siente amenazada primero por el franquismo y más tarde por el falso vasquismo del PNV y sus “negociantes recadistas”.  Pero no es la política lo que nos interesa aquí, sino las intuiciones estéticas del escultor de Orio, que concibe el arte como una especie de teología apofática, de religiosidad de la nada y del vacío. Así, Amador Vega, señala con acierto que, para Oteiza, “el arte actual debe cumplir hoy con las funciones antes asignadas en la religión a las órdenes espirituales, como los franciscanos en Occidente o los budistas en Asia. Por esta razón, Oteiza presenta la estética negativa como aquella disciplina del espíritu que se hace cargo del final del arte en tanto que fantástica eliminación del propio lenguaje, es decir: la conclusión [del arte] en una zona de silencio”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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