Las lágrimas de Cohen

En el origen de la literatura se halla la guerra. O la violencia. Las diferencias no resueltas que desembocan en el mal. Los dos grandes poemas homéricos –la Ilíada y la Odisea– que dan inicio a Occidente giran sobre un conflicto mítico, perdido en la noche de los tiempos. Rachel Bespaloff, ilustre intérprete de Homero, subraya que, según los griegos, «los dioses otorgan felicidad, riqueza y gloria; mas sólo el hombre tiene el poder de unirlas con la justicia. Si no lo hace, tarde o temprano, lo aplastará una fatal calamidad». La literatura hebrea también empieza relatando un encuentro con el mal: la desobediencia de Adán y Eva, la expulsión del Paraíso, el asesinato de Abel, antes de la fundación de un pueblo elegido –el judío–, que se adentra en el misterio de la Historia.

La literatura comienza enfrentándose al mal, porque sabe que lo específicamente humano es unir los dones con la justicia. En esa encrucijada entre la esperanza y el fracaso, la felicidad y la desdicha, el orden y el caos, la belleza y la amarga aspereza del mal, se sitúa –a menudo como paradoja– el testimonio asombrado de una palabra que escarba en el sentido de la vida, buscando preservar lo irrenunciable de la humanidad, entre nuestras llagas y heridas: esa carne ajada que es, diríamos, la consecuencia de nuestros actos y decisiones en la Historia.

Este fin de semana, mientras escuchaba algunas de mis canciones preferidas del viejo Leonard Cohen –títulos como “Famous Blue Raincoat”, “If It Be Your Will”, “Avalanche”, “So Long, Marianne”, “Bird on the Wire” o la reciente “You Want It Darker”–, pensé en Grecia y en Jerusalén, y también en la raíz última de la palabra literaria. Precisamente José Carlos Llop nos recordaba, en su obituario del sábado, que los poemas y la música de Cohen anudan la sensualidad mediterránea –Grecia al fondo– con la solemnidad litúrgica del judaísmo. O, lo que es lo mismo, el testimonio de lo nuevo con una voz muy, muy antigua. Me acordé entonces de Nabokov, quien aseguró que dejar hablar a la memoria constituye el principio de toda verdad. La memoria, la literatura, la belleza serían la respuesta que el hombre puede dar a la guerra, a la violencia y al mal. La música de Cohen se sitúa allí, en ese punto donde resuena una verdad llagada, pero no destruida ni rota –una verdad que nos habla con el lenguaje de las lágrimas–.

En la tradición judía, las lágrimas no equivalen exactamente a la aflicción, aunque desde fuera se puedan confundir fácilmente. En el Antiguo Testamento, los malvados no lloran –Caín al matar a Abel, el Faraón al humillar a los esclavos–, precisamente porque la mirada del mal no sabe reconocer la fragilidad de la condición humana. También en la Ilíada son el dolor y las lágrimas los que humanizan a Aquiles y le conceden un rango inmortal. Otro mito clásico, el de Perseo, nos muestra que los ojos sin agua de Medusa  petrificaban a los que sostenían su mirada. El mal penetra en la vida ajeno a la memoria de su dolor.

En la música de Cohen aletea esa tristeza que no responde a la desesperanza sino al testimonio de la luz humilde de la literatura. En 1985, en un concierto que celebró en la Varsovia comunista, Leonard Cohen se refirió a una realidad superior, como son los hombres de buena voluntad que trabajan con coraje. Poco antes de morir, el gran crítico literario D. G. Myers reflexionaba sobre el significado de la palabra hebrea hineni –“aquí estoy”– cuando un hombre enfermo encara, ya sin esperanza de curación, la recta final de su vida: “Los que sabemos que vamos a morir pronto necesitamos de nuestros amigos y familiares aquello que deberíamos exigirnos también a nosotros mismos en cualquier circunstancia: responsabilidad, honestidad, coraje. No importa tanto lo que se nos diga como el modo en que se nos hable: cara a cara, como hizo Moisés con Dios”. Cara a cara, así nos habla a cada uno de nosotros la música de Leonard Cohen. Y así también se dirigió él hacia la muerte.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

2 comentarios en “Las lágrimas de Cohen

  1. Andrés Trapiello ha escrito que las cosas importantes se dicen en voz baja. Suelo pensar en esta frase cuando escucho a Leonard Cohen. Sus canciones trasmiten, a veces, la serenidad del que encaja los golpes de la vida con elegancia; otras, como señala Daniel en el artículo, es un dolor mucho más profundo, algo que trasciende lo terrenal. En sus últimos años, Cohen inspiraba ternura y compasión, un hombre cada vez más frágil, pero que aún mostraba una sonrisa de agradecimiento ante la vida.Su muerte me ha apenado especialmente, como solo lo hace la de esos artistas hacia los que uno siente una especial empatía.

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