En Nápoles

Ciudad paródica donde las haya, conozco pocos lugares tan hermosos, tan llenos de vida como Nápoles. No se trata, desde luego, de una belleza italiana, renacentista, de una luz ocre que nos hable de una cierta pasión por el espíritu: en Nápoles, el Barroco adquiere, en cambio, una carnalidad, escatológica, groseramente humana. El olor a orines inunda las calles, los niños -de diez, doce años- circulan con sus Vespas -la cabeza estirada, los pies de puntillas-, la ropa permanece tendida en la calle de un modo constante, las paredes de los palacios brillan oscuras, desconchadas, sin la luz siquiera de la humedad veneciana.

¿Por qué me gusta Nápoles? No lo sé, y sin embargo vuelvo allí una y otra vez, siempre al mismo hotel, el Palazzo Turchini; edificado, restaurado más bien sobre el antiguo Conservatorio Real de la Pietà dei Turchini, un orfanato del XVI que llegó a ser el semillero de los más importantes músicos de los siglos dorados de la ciudad. No lejos del Palazzo, se encuentran algunos de los más hermosos rincones de Nápoles: el convento de Santa Chiara, la Capilla de San Severo, el Duomo, la Via San Gregorio Armeno, la Galleria Umberto I. En la Plaza San Gaetano, el visitante entra en las catacumbas napolitanas, que realmente constituyen parte del alcantarillado de la ciudad y que fueron usadas durante la II Guerra Mundial como improvisado refugio antiaéreo. El misterio del lugar es evidente: abundan los graffitis por las paredes, los juguetes abandonados, quizás como un atrezzo, el goteo incesante del agua que forma riachuelos a lo largo del camino. Pequeñas entradas de luz, en forma de lucerna, facilitaban la respiración de los refugiados. La leyenda cuenta que San Jenaro se ocultó de las tropas romanas en estas mismas catacumbas, antes de ser martirizado. ¿Quién conoce la verdad? El mito resulta consustancial a esta ciudad.

La pizzeria di Matteo saltó a la fama mundial el día que Bill Clinton comió en ella. Cuesta imaginar que no terminara pringado de aceite y de grasa. La primera vez que visité la casa –tendría unos catorce, quince años-, recuerdo que el acrobático pizzaiolo empleaba la masa de la pizza como toallita para secarse las axilas. Me pareció un gesto tan napolitano, de una libertad tan antigua, que siempre he vuelto a esta lugar. No lejos de allí, se encuentra la Antica Spagheteria, un pequeño local de tres mesas que abre -o cierra- de acuerdo con el humor de la cocinera. Como se imaginarán no vale la pena reservar pero es uno de los mejores restaurantes de pasta que conozco; al menos, en su sentido tradicional y no moderno: precios ajustados, raciones abundantes, productos frescos. Un restaurante para comensales conservadores, se entiende. La última vez que fui, conversé con un antiguo espía italiano en la España del post-franquismo. “Mis informes os abrieron la puerta de Europa”, fanfarroneó. Desde el primer momento, se me hizo evidente que mentía, pero como buen napolitano todo lo que contaba era gracioso y, sobre todo, exageradamente humano.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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