El legado final de Obama

El legado de Barack Obama se llama Donald Trump. Por supuesto, Obama es mucho más que el predecesor del nuevo presidente de los Estados Unidos; pero los historiadores del futuro tendrán que responder al extraño misterio que plantea su herencia. Obama encarna los altos valores de la civilización liberal, la imagen nítida y persuasiva de un consenso que se quiere inteligente y demócrata. Es, desde luego, un hombre que ha roto moldes y que, pese a todos sus errores, ha mantenido hasta el final de su mandato un claro perfil de integridad personal. La derrota de Obama –o de lo que él ha  representado– nos recuerda, en cambio, que lo sólido se desvanece en el aire con una pasmosa facilidad. La sorpresa ante la victoria aplastante de Trump nos advierte, una vez más, de que hay que cuidarse de los idus de marzo, como aseveraban los viejos romanos tras el asesinato de Julio César.

El poderoso carisma de Obama nos invitó a creer que su gobierno había reconciliado “la casa dividida” y que sólo los perdedores o los friquis podían dar su respaldo al candidato republicano. A favor de Hillary estaban los grandes bastiones demócratas de las áreas metropolitanas (Nueva York,  Pittsburg, Filadelfia, etc.): la América próspera y moderna, diríamos, frente al empobrecido interior. Parece que no ha sido así. Como tampoco parece que los analistas hayan sido capaces de detectar en toda su magnitud el profundo foso que se abre entre  las elites progresistas de ambas costas y los valores del resto de la nación. Como seguramente es erróneo pensar que Trump haya ganado estas elecciones por sus abundantes declaraciones xenófobas, por su misoginia o por su evidente autoritarismo. La movilización del voto republicano responde a una precisa tríada emocional: el miedo, el rencor y la nostalgia del pasado. No hablamos de abstracciones políticamente correctas ni de promesas de futuro, sino de la sentimentalización del lenguaje y de la praxis política.

El miedo, el rencor y la nostalgia, ese triángulo, nos ofrecen un primer mapa de las amenazas que se ciernen sobre el modelo liberal. Sus problemas son reales y fácilmente detectables. Está el miedo de los vencidos –las empobrecidas clases medias y trabajadoras– a la globalización, que alimenta el rencor contra las elites y la nostalgia de un pasado que fue –al menos para muchos– mejor. Está también el miedo identitario a la transmutación de valores y a las avalanchas migratorias, que identifica al diferente como enemigo. Está el resentimiento y el odio que la mitad de los Estados Unidos siente hacia Hillary Clinton, capaz de movilizar el voto mucho más que las escasas expectativas que Trump despierta en la mayoría de estos votantes. Y está la nostalgia de las décadas felices de la posguerra, con su epicentro de orgullo y de estabilidad quizás en la presidencia de Eisenhower.

Por encima de las consecuencias inmediatas que el trumpismo pueda acarrear a su propio país –seguramente modestas-, alarman los efectos a nivel internacional –Rusia, China, la frontera con México o las guerras en Oriente Próximo, por ejemplo–, sin olvidar su influencia sobre las dinámicas políticas que están en marcha en  Europa. Al focalizar el odio y el resentimiento en un único enemigo –Clinton, Obama y el establishment–, Trump ha emprendido un camino que los populismos europeos –de derechas o izquierdas– llevan tiempo recorriendo. Es probable que el nuevo presidente se modere en el poder –así cabe interpretar su primer discurso público tras la victoria del martes–, pero gran parte del daño ya se ha hecho. El consenso de varias generaciones se debilita en los Estados Unidos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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