Atados al mástil

La inesperada victoria de Donald Trump supone el segundo triunfo del populismo global tras el prólogo griego y el primer capítulo del Brexit. Esta victoria es la más preocupante, porque afecta al corazón mismo del imperio y al principal garante de la paz mundial. Las viejas democracias –EEUU, el Reino Unido– ceden a los encantos de la demagogia, expectantes ante lo que pueda suceder el año próximo en Francia –¿Marine Le Pen? –, en Alemania –donde la extrema derecha sube con fuerza– o, de modo más inmediato, en el referéndum de Italia –que podría terminar con el gobierno de Matteo Renzi–. El miedo se ceba en Occidente a medida que aumentan las víctimas de la globalización y la “nueva política” alienta, con su retórica antisistema, el resentimiento popular y el odio a la pluralidad.

Si nos ponemos grandilocuentes, cabría decir que hemos regresado a los años 30, pero ya se sabe que la Historia únicamente se repite en forma de farsa. El punto en común sería la crisis de legitimidad de las democracias representativas, asediadas por el malestar colectivo. Las instituciones, sin embargo, actúan como diques de contención –el papel de la FED y de los principales bancos centrales puede ser clave a corto plazo para limitar las turbulencias financieras– ante la quiebra de los consensos básicos. La victoria de Trump resalta la victoria del populismo, aunque marca también el fin del buenismo cosmopolita y multicultural que los candidatos demócratas representaban en los Estados Unidos. En este momento ciceroniano, que se mueve entre la vieja y la nueva política, cabe pensar que retorna el prestigio de las convicciones fuertes –el bien y el mal, nosotros y ellos, la elite y el pueblo– frente a un liberalismo al que se acusa de cínico y débil. Una amarga lección es que, sin instrumentos que la modulen y contengan, la esencia última de la política continua siendo la fuerza. Y forma parte de la tragedia de la Historia olvidar que nunca se sale indemne de sus remolinos de locura. Los mismos que votaron a Obama y lo aplaudieron como un salvador se suben ahora al carro de una personalidad antagónica que ha hecho de la provocación su estrategia primordial.

Tiempo habrá para analizar los resultados de este martes. Ahora sólo podemos subrayar lo obvio: pierde la globalización, pierden las minorías y pierde Europa, que además sale debilitada ante la presión rusa. Desdeñar el mensaje de Trump constituiría un error. Entramos en un tiempo nuevo que responde a la doble clave del miedo y del rencor. Así fue también el siglo XX. La retórica antiinmigración de Trump tendrá consecuencias en el Mediterráneo Sur a medida que las barcazas repletas de inmigrantes prosigan su camino hacia el norte. Obama reclamó, en su última noche de campaña, la voz de un hombre que puede cambiar el destino de un barrio, de una ciudad, de una nación, de un Estado, del mundo. El pueblo ha elegido a ese hombre: Donald Trump. Como Ulises, atados a un mástil, deberemos saber navegar por las aguas de la Historia, ajenos a los cantos de sirenas de los nuevos demagogos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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