La campana de cristal

por | Oct 27, 2016 | Animal Social | 3 Comentarios

La cultura consiste básicamente en una cuestión de matices: en saber distinguir, recrear, esclarecer una realidad que se oculta bajo el misterio de la vida. Ernst Jünger subrayó que escribir consiste en “nombrar lo sagrado” y, para el poeta T. S. Eliot, la condición de clásico constituye la gran reserva de aquellas  obras de arte que, siglo tras siglo a lo largo de la historia, han sido puestas a prueba con éxito, aunque su apreciación nunca haya sido mayoritaria. Quiero decir que algo mayoritario puede o no ser cultura, del mismo modo que entre las modas hay grados. La cultura conforma la historia, la crea y también nos enseña a mirarla y a interpretarla. El nobel sudafricano J. M. Coetzee ha escrito páginas maravillosas sobre el paisaje africano y la dificultad de los pintores europeos a la hora de captar su luz, tan distinta de la europea, más intensa y menos líquida. Cuestión de matices, por supuesto, que nos permiten percibir la gama de colores y su dinamismo interno. O su falta. Y que, a su vez, exigen un público educado, capaz de reconocer las formas clásicas.

Me pregunto si algún día una máquina podrá recrear esa extraña belleza que nos interpela e ilumina en forma de arte y de cultura. Es la pretensión de los científicos que estudian el flujo de datos conocido como Big Data. Para ellos, la carga ética y estética del hombre resulta secundaria y, en todo caso, ya ha perdido su autoridad sobre nosotros. Lo que nos alumbra y explica ya no es la luz tenue de un misterio que el creador intenta expresar, sino el incesante aluvión informativo que pretende reducir a cenizas nuestra libertad. En un reciente artículo publicado en el semanario Ahora, donde se anunciaban algunos de los temas de su libro Homo Deus, el historiador israelí Yuval Noah Harari sostenía que “los datistas creen que, con suficientes datos  biométricos y capacidad de procesamiento, el Big Data podría comprender a los humanos mucho mejor de lo que nos entendemos nosotros mismos. Una vez que eso suceda, los hombres perderán su autoridad y prácticas humanísticas como las elecciones democráticas se volverán tan obsoletas como las danzas de la lluvia y las armas de sílex”. En realidad, se trata de un debate muy antiguo: ¿existe la libertad humana o no? ¿Cuál es el papel de la conciencia en un mundo donde los matices son sustituidos por datos numéricos? Y otra cuestión igualmente crucial: en el mundo desnudo de la transparencia sin límite, ¿dónde queda la privacidad?

Por supuesto, sin un espacio que pueda hurtarse a las interferencias del gran hermano de los datos o al dictado de la sociedad, no hay posibilidad de gran arte ni de gran literatura. Se diría que allí donde no hay velos tampoco puede darse el misterio ni la creación. Cuando Pompeyo violó el sanctasanctórum del Templo de Jerusalén para descubrir qué ocultaba, no encontró nada más que un lugar vacío e incomprensible. Pero todos los grandes motivos de la humanidad –las religiones, el arte, la poesía o la música– han surgido de esa nada vacía y misteriosa.

Me imagino que, en un futuro más o menos inmediato, las máquinas sabrán qué nos emociona y qué no. Conocerán a la perfección nuestra productividad laboral, cambios de humor, estado de salud, vicios y virtudes. Sabrán de qué modo reaccionamos a la ansiedad, si conducimos bien o mal, a qué destinamos nuestro sueldo, cuál es nuestro perfil genético, qué partido político mueve nuestras simpatías –si es que alguno lo consigue–. Los datos se erigen en el nuevo dogma, en un credo llamado a sustituir las viejas religiones. Cuando nos casemos sabremos con qué probabilidades de éxito contamos. Cuando en alguna polémica nos posicionemos a favor o en contra, también entonces encajaremos como una tesela más en el mosaico previsto por los nuevos sacerdotes. Aunque, ¿comprenderemos mejor quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos? ¿Cómo se mide la incertidumbre moral que lastra nuestras vidas? ¿Cómo se calcula la belleza que alumbra desde el inicio del hombre el misterio de la creación? ¿Qué nos podrán decir las máquinas y sus datos sobre Homero y Shakespeare, sobre Bach y Velazquez que no sea una solemne frivolidad?

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

3 Comentarios

  1. El Big Data podrá llegar a etiquetar, con mayor rapidez y de forma masiva, a aquellos que, sin Big Data, en un cuarto de hora de conversación ya son perfectamente “estandarizables”. Los que leen o ven siempre lo mismo (solo aquello que los reafirma en sus convicciones) los que no dudan porque tampoco se preocupan demasiado en pensar, los que solo encuentran satisfacción a una vida monótona en la compra de objetos, serán mejor identificados. Nadie descubrirá gracias al Big Data ninguno de sus misterios, porque no hay misterios que descubrir. Sencillamente catalogará con mayor rapidez y precisión a la potencial clientela de determinado producto.

    Las personas con inquietudes culturales, las que leen para pensar, serán de poco interés para el Big Data. Son pocos, raros, contradictorios, imprevisibles, difíciles de satisfacer con un producto, y nadie pagará nada por intentar desentrañar sus complejos y poco rentables misterios.

    Daniel Capó hace bien en advertirnos de esos riesgos, pero a título particular, puede estar bien tranquilo.

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  2. Yo añadiría un poco por lo que veo alrededor que l problema es la insensibilización a esa belleza. Creo que este mundo se aleja de lo real.

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  3. «Nadie descubrirá gracias al Big Data ninguno de sus misterios, porque no hay misterios que descubrir». Amén, Sr. Prats.

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