Solo a lo lejos escucho el eco de un trueno

Sólo a lo lejos se oye el eco de un trueno, que llega y se va, denso, como el humo de un puro. De niño, me asustaban los truenos y la luz intermitente de los rayos. Mi abuela se solía levantar de la cama y persignaba el suelo de la casa con cruces de sal. Yo también le pedía una, junto a mi cama, aunque fuese pequeñita. Si era en verano, me acompañaba el zumbido de los mosquitos y el sudor de la noche. Ahora también sudo, aunque el calor es seco, en este pequeño pueblo de La Jara, y también es de noche y ninguna estrella alumbra esta oscuridad. Una de mis cuñadas se levanta a encender el aire acondicionado. Yo, si pudiera, pondría  en el tocadiscos a Chet Baker y escucharía su trompeta improvisando junto al cuarteto de Gerry Mulligan, allá a principios de los cincuenta, en la Pacific Coast. No sé por qué me encuentro tan espesamente cansado. La máquina del aire inaugura una gotera sobre el sofá del salón. Tendrán que apagarlo y volveremos al calor, sin la música de Chet Baker ni otra lluvia que no sea la amenaza de unos goteronesde tierra, sucios y desagradables…, nada. Al final, opto por levantarme también y sacudirme el sueño. Salgo al patio, enciendo una lucecita y leo a Coleridge:

Es medianoche, mas no tengo sueño.

Rara vez acompaña a la vigilia mi amiga.

¡Acude, dulce sueño, con tus alas

y esta tormenta sea el nacimiento

de una montaña, y las estrellas brillen

como si contemplasen el letargo del mundo!

En algún lugar debe de estar lloviendo, pienso, quizás en Gredos. Unos chavales hablan de fútbol y de porros, de un modo indistinto. Es sábado y dicen de ir a la Cañada: “Liátelo aquí, ¡joder!”, grita uno de ellos. En lugar de a Chet Baker o el Cuarteto Mulligan, oigo el bacalao que sale de un coche aparcado junto a nuestra casa. Son chavales del extrarradio de Madrid, que regresan en agosto a la aldea de sus padres. Me pregunto si estudian o no, o en qué trabajarán. Quizá les aburra veranear en un lugar tan pequeño. No lo sé, pero deciden fumarse el porro en otro sitio y cierran el coche y se largan, dejándome de nuevo en la oscuridad, bajo los truenos, leyendo a Coleridge, a la espera de una lluvia que no llega. Tampoco sé por qué me pongo a pensar en Tokio, una ciudad en la que nunca he vivido. Pienso en Tokio y en sus calles, en los algoritmos de luz que serpentean por su rostro, en Sofía Coppola y en Murakami. Me levanto, pico hielo y me sirvo un agua de limón. Pienso en Tokio y me encuentro en una pequeña aldea cerca de Extremadura. Los relámpagos lejanos me recuerdan el neón sin ancla de la soledad. Sólo truena. Me desnudo y me lanzo a la piscina. Desde aquí sólo veo la montaña que nos da sombra y la antena de televisión de casa. Nada más, ni siquiera la lluvia. Sí, un gato que me mira y que bosteza. Y los truenos que se acercan. Y un poema de Coleridge que me habla de: “un lugar silencioso, entre montañas,/ en un pequeño valle”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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