La dama de Savannah

¿Qué decir de una mujer que mezclaba la Coca-Cola con el café, se dedicaba a la cría de pavos y tenía por costumbre regalarle a su madre una mula? ¿Qué decir de ella cuando sabemos que es una de las escritoras más importantes del siglo XX, una mujer apartada en el tiempo –aseguraba que vivía en el siglo XIII-, lectora de Santo Tomás de Aquino y ferviente católica en pleno Bible Belt americano? ¿Qué decir de alguien que se refería a su obra como un Opus Nauseous y que afirmaba que la expresión de su cara le recordaba a alguien que hubiera olido algo especialmente maloliente?

Enferma de lupus durante los últimos trece años de su vida –murió a los 39-, vivió semiaislada en Andalusía, la granja familiar, al tiempo que se carteaba con los principales autores de su época: de Lowell a Waugh pasando por Elisabeth Bishop. Nuestra autora, Flannery O’Connor, constituye un misterio enorme, una especie de milagro literario, cuya fuerza enigmática se sustenta en un sobrecogedor apego a la realidad más cercana. No hay retórica en la obra de Flannery, sino sólo una luz especial que se refleja en el amor por los personajes de sus relatos, todos ellos caídos, grotescos, condenados, si me apuran, a veces por el destino, otras por la libertad o la locura. José Jiménez Lozano dirá que el gran tema de los relatos de Flannery es la libertad entendida como una respuesta a la densidad de la existencia – a su dimensión trágica. Creo que es así.

Misterio y maneras recoge algunos de los ensayos y conferencias de la gran escritora de Savannah. En el primero de ellos, “El rey de las aves”, la señorita O’Connor disecciona a uno de sus animales,  un pollo de “raza conchichina enana, de color beis, que tenía la particularidad de que andaba hacia delante y hacia detrás.” Entre sus aves preferidas, se encontraban los pollos “que tuvieran un ojo verde y otro naranja o cuellos demasiado largos o crestas torcidas. Como sabía coser un poco -continúa Flannery-, comencé a confeccionarles trajes a los pollos. Un gallo gris enano, que se llamaba Coronel Eggbert, lucía un abrigo de piqué blanco con cuello de encaje y dos botones a la espalda.” El último ensayo del libro, titulado “En memoria de Mary Ann”, es el emocionante retrato de una niña muerta en olor de santidad. En él, podemos leer lo siguiente: “La mayoría de nosotros hemos aprendido a permanecer impasibles ante el mal, a mirarlo a la cara y a descubrir en él, las más de las veces, una sonriente imagen de nosotros mismos con la que nunca discutimos. Pero el bien es otra cuestión. Pocos lo han mirado con tanto detenimiento como para aceptar que también su cara es grotesca, que el bien en nosotros es algo que está en vías de construcción. Las manifestaciones del mal suelen recibir una expresión digna. Las del bien tienen que conformarse con clichés, con edulcorantes, que dulcifiquen su verdadero rostro. Cuando miramos el bien a la cara, es probable que veamos un rostro como el de Mary Ann, lleno de promesas.” Quizás porque para Flannery, el bien y el mal sean reflejos del misterio y de las maneras, de la inexplicable promesa del bien y del perturbador abanico de los usos y de las costumbres, de ese polvo – dirá ella – que nos mancha y nos enseña la humildad. Sí, ese misterio que se llama Flannery O’Connor.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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