La casa de mi vida

Hubo una época, cuando todavía estudiaba en la universidad, en la que no me molestaban las incomodidades de la vida. Por aquel entonces, soñaba con recorrer el mundo a pie como si fuera un juglar medieval. Recuerdo que, en una ocasión, dormí en un corral, rodeado de conejos, junto a una brasileña, un policía en prácticas, un novelista de San Francisco y un estudiante de medicina. En otra, dormí en una cueva, perdido en un monte del Bierzo, sin saber muy bien dónde estaba ni si lograría nunca salir de allí. Me daba igual. Por las noches contaba las estrellas y escuchaba la monótona salmodia de la hojarasca arrastrada por el viento. Y después, poco después, me dormía. No creo que el hombre necesite mucho más para ser feliz.

Supongo que si alguien me hubiera dicho entonces que la casa de mis padres es la casa de mi vida, no le habría creído. Me imaginaba fotografiando la bahía de Halong, al norte del delta de Tonkín, o buscando el costillar de una ballena en la costa de Australia o, simplemente, trabajando en alguna delegación consular. Ahora, en cambio, sé que sólo conozco el Vietnam a través de las novelas de André Malraux, de los melancólicos dibujos de Pierre Le-Tan y de un puñado de viejos retratos coloniales que encontré una mañana junto al Sena. Y también sé que ya no me apetece conocer Australia y que, posiblemente, nunca llegue a trabajar en una delegación diplomática.

Tampoco me importa. Muchas de las cosas que me gustaban cuando era estudiante ya no me llaman la atención y al revés. Antes, por ejemplo, no me gustaba esta casa. Ahora sí. Me encanta el color del cielo que puedo ver al atardecer desde la butaca de mi habitación y la terraza que se abre, tímida y recoleta, a unos huertos y a un pequeño pinar. Me gusta el silencio en el estudio de la azotea, sólo interrumpido por el jolgorio ocasional de los pájaros y el chispear de los días de lluvia. Me gustan las fotografías que he ido coleccionando con el paso del tiempo, los libros, un fósil que me regaló mi padre cuando cumplí los quince años y el dibujo insinuado de una hoja que me envió el poeta José Mateos las navidades pasadas. Me reconforta incluso saber que esta casa no le gustaría a nadie porque no es lujosa, ni bella ni especialmente cómoda. Es una casa como cualquier otra y algún día la venderé, la casa que me vio nacer y en la que ha transcurrido buena parte de mi vida.

Un comentario en “La casa de mi vida

  1. Estoy seguro de que Daniel Capó conoce infinitamente mejor el Vietnam que la inmensa mayoría de los turistas que lo han visitado y han hecho las pertinentes fotos. Una infancia feliz, una juventud inquieta y una madurez reflexiva son la mayor riqueza a la que uno puede aspirar. Un post excelente.

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