Estoy en mi noria

José Castillejo (1877-1945) contaba con una personalidad singular. A él le debemos la Residencia de Estudiantes, la gestión en buena medida de la Institución Libre de Enseñanza y un puñado de escritos clarividentes sobre el secular atraso español, la destrucción de la República y los orígenes de la Guerra Civil. Era un hombre sobrio, casi franciscano, que podaba sus olivos mientras se carteaba con toda la intelectualidad española y europea de la primera mitad del siglo XX. Al igual que su mentor, don Francisco Giner de los Ríos, muy pronto comprendió que la solución a los males de España se encontraba fuera y consistía en europeizar el pensamiento y el modus operandi de la juventud. Cuando conoció a Giner de los Ríos, éste le dijo que no volviera a visitarle hasta que no dominara con fluidez el francés y alemán. Ya como secretario de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, Castillejo puso en marcha un sistema de becas que permitió formarse en Europa a buena parte de la intelectualidad española de la época. Eran becas austeras, casi monacales, pensadas para ahuyentar la frivolidad de aquéllos que sólo buscaban disfrutar de unas vacaciones pagadas por el Estado. Durante la guerra salvó la vida de milagro, protegido por algunos amigos y oculto en la embajada británica. Ya en el exilio, escribió Democracias destronadas, un libro fundamental para entender esa tercera España que nunca fue, en contraste con la España real que sí fue. Se trata de un ensayo doloroso y lúcido, escrito por un hombre que desconocía el significado del rencor.

Su viuda, la inglesa Irene Claremont, cuenta en sus memorias –Respaldada por el viento– que, al llegar a los eriales de España, le sorprendió el verdor que puede surgir del trabajo monótono y repetitivo de un asno en una noria. «Cuando, años después –escribe Irene Claremont–, José Castillejo tuvo que dedicarse a horas de trabajo penoso y aburrido para dar de comer a su familia, se comparaba a ese burrito. “Estoy en mi noria”, decía.» En estas pocas frases, la viuda de Castillejo nos ofrece la clave para comprender qué pretendían aquellos hombres de la Institución Libre de Enseñanza: el vergel de la huerta frente a la aridez improductiva del yermo, la necesidad de esa labor penosa, continuada y fructífera de los burros, que exige abnegación y una cierta dosis de ceguera hacia la realidad inmediata, aunque precisamente fuera este esfuerzo terco el que podía transformar la realidad.

El institucionismo en España se saldó en un sueño fracasado, pero algunas de sus lecciones perviven. Pienso en el ejemplo de Castillejo y en su mirada serena y melancólica sobre el destino de España, esperanzada a pesar de todo. En una ocasión le preguntaron quién era el responsable último de la Guerra Civil. “Yo –contestó–. No hice lo suficiente”. Como es obvio no se refería sólo a sí mismo, sino a todos y a cada uno de los españoles que vivieron aquella época. En este sentido, nadie es ajeno a su tiempo ni escapa a su responsabilidad. La tolerancia, la generosidad, el anhelo de modernizar un país y una sociedad que permanecían anclados en el pasado fraguaron los ideales de Castillejo y de los institucionistas. Su fracaso también fue el nuestro. Sin embargo, en esa fidelidad a la imagen cansada de una noria que desplaza el agua hacia la tierra yerma, encontramos algo parecido a una semilla de futuro. Los pueblos sobreviven gracias a la fidelidad. La fidelidad, se entiende, a unos ideales nobles y elevados.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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