Las cartas de Gaya

El pintor Ramón Gaya fue un hombre de extrañas contradicciones. Situaba el valor del arte fuera de la historia y, sin embargo, su pintura sólo se entiende en diálogo con una tradición –la europea– que él intentó recrear sin dejarse salpicar por las vanguardias. Afirmaba que “el creador no aspira a la palabra, es decir, al arte, a la obra, sino al silencio”; no obstante, en sus cuadros siempre queda un poso narrativo, de memoria, de voluptuosidad incluso, que nos habla de la pasión. Admiraba el silencio y la soledad, pero fue sordo a la música de Bach –al que acusaba de frío y mecánico– e insensible a la pintura de Vermeer. Visto desde la perspectiva del tiempo, Gaya ha sido tal vez un pintor menor –un gran pintor  menor–, cuya obra ensayística se sitúa entre las más hondas del siglo XX  español, por encima, si se quiere, de la no menos fascinante del escultor de Orio, Jorge de Oteiza. Ambos –Gaya y Oteiza– amaban el Partenón, Fidias, Van Eyck, Velázquez… Ambos fueron poetas y teóricos del arte. Ambos criticaron la gran feria del arte contemporáneo, con su borrachera de dinero fácil y su estridencia de barraca de feria.

La editorial valenciana Pre-Textos nos ofreció hace ya unos años el primer volumen de la Obra completa de Ramón Gaya, que englobaba entonces la totalidad de sus ensayos y de sus diarios. Ahora recoge en un segundo tomo de 700 páginas una amplísima selección de su correspondencia, que permite adentrarnos de forma directa en la génesis vital de su pensamiento. A través de estas cartas, Gaya aparece como un hombre de una intuición temprana y aguda, un punto arrogante –si hacemos caso a Juan Ramón Jiménez–; pero de una arrogancia que le sirve de defensa frente a todo aquello que adivina como falso, artificioso, ajeno a la corriente central del arte, que es la vida. Y sobre todo aparece como un pintor que  necesita verbalizar el misterio de la belleza y su relación, no con el estilo ni con la voluntad moral, sino con algo más inocente y, al mismo tiempo, más velado, como es el gran arte. Así, desde París, en agosto de 1952, Gaya le escribe a Rosa Chacel estas palabras que resumen su concepción de la verdad artística: “Tienes por la realidad ese respeto que tanto me gusta; ni realismo ni fantasismo, porque el realismo pisotea lo verdadero, y el fantasismo lo pisotea todo”.

Leyendo la correspondencia de Gaya nos ponemos en contacto con lo mejor del pasado cultural de Europa y con lo más interesante del exilio español. Abundan las reflexiones sobre sus amigos de la generación del 27 –Gerardo Diego o Luis Cernuda, por ejemplo–, sobre la luz del Adriático –“lo destruye todo a la manera mágica de Turner”–, sobre las vanguardias –“después  de Picasso, ya no hay nadie”–, sobre los pintores verdaderos y falsos, sobre los riesgos que afrontan el artista y el escritor en un mundo que invita al lucimiento fácil. “Trabaja –le aconseja a su joven amigo, el poeta Tomás Segovia–. No te hagas enemigo de nada. No te diluyas, no te entregues en manos de lo vagoroso. Nada de cuesta abajo y perdición; arquitectura y más arquitectura. Nada de privilegios –eso es, para los plebeyos–; aristocracia, mucha aristocracia, es decir, obligaciones”. O, lo que es lo mismo, servicio, trabajo, esfuerzo…

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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