Los trenes

No recuerdo con exactitud cuándo viajé por primera vez en tren. Quizás ocurrió durante los años de la lejana EGB cuando, con el colegio, subimos de Palma a Sóller en el antiguo tren que atraviesa la Sierra de Tramuntana; o tal vez fue por aquella misma época cuando, de vacaciones con mi madre, cogíamos a diario un tren vetusto y preciso, que nos llevaba de Kent a Londres, como un reloj que no quisiera marcar las horas del fin de siglo sino el tiempo churchilliano de la gloria inglesa. Una sensación parecida –de desplazamiento temporal– la tuve mucho después en Alemania, atravesando la Selva Negra junto a un afluente del Danubio, o acaso fuera el propio Danubio transformado en un hilillo de agua, apenas insinuado entre la niebla, los montes y los abetos.

El ferrocarril, como hecho meramente histórico, rompió con el aislamiento secular de los pueblos y los países. Al igual que ocurrió con la invención de la imprenta, el tren amplió el sentido espacial y temporal de los hombres: la geografía vital se ensanchó más allá de las postas de diligencia. Goethe se refería, entre el asombro y cierto pavor, al silbido de una locomotora. Dostoievski advertía en él un giro demoníaco, una especie de antesala del infierno que conculcara el orden antiguo. El tren preludiaba la revolución industrial, el progreso tecnológico, el reinado del comercio y la aparición masiva del turismo. Como las catedrales del medioevo, las viejas estaciones urbanas, de nombre poético –Gare d’Austerlitz, Gare du Nord, Charing Cross, Penn Station…–, transmiten una belleza serena y metafísica. En la solidez de esas construcciones se transparentan ya las estructuras de un mundo burgués, cuyo orden se traslada a los balnearios, las galerías, los cafés. Se trataba de una sociedad optimista y rigurosa que desembocaría en una gran tragedia: los treinta años de una guerra civil europea que enlazó 1914 con 1945 y que luego se trasladaría hasta la caída del totalitarismo soviético. La Historia avanza entre la luz y las sombras, en un continuo y desesperante zigzagueo de rumbo incierto.

Tony Judt aporta una observación interesante en su inacabado ensayo sobre los trenes al aventurar que Estado del Bienestar viene a ser, en cierto modo, la continuación natural del espíritu solidario y optimista de las arterias ferroviarias: un espíritu que no se deja guiar de forma estricta por la dictadura del rendimiento económico ni por la ecuación coste/beneficio, sino que reequilibra el territorio –y la sociedad– para facilitar la creación de nuevas oportunidades, para asumir la importancia de los propósitos conjuntos y no abandonar a nadie a su suerte. Se diría que la elegancia contenida de los trenes resalta la belleza del esfuerzo compartido de los pueblos, su rostro más inequívocamente humano.

En España llevamos años embarcados en un gigantesco esfuerzo ferroviario, sujeto a todo tipo de críticas –muchas de ellas bien fundadas–, que está taraceando el país con una amplia red de alta velocidad: deficitaria toda ella, quizás mal diseñada en muchas de sus líneas –como esa absurda Madrid-Toledo– y de una ambición sin duda excesiva para la capacidad presupuestaria de una nación de prosperidad relativa. ¿Por qué la alta velocidad en lugar impulsar la circulación de mercancías? ¿Por qué situar el epicentro exclusivo en Madrid en lugar de otras formas de capilaridad? ¿No resulta más urgente el transporte público de cercanías o la política energética o la mejora de la formación profesional de nuestros jóvenes? Es probable que así sea. Pero el AVE, con sus errores de diseño y su ambición desmesurada, nos recuerda una cosa importante: los grandes proyectos requieren ambiciones compartidas y un anhelo de modernidad. Que España se sitúe ahora en la Champions League de la alta velocidad nos demuestra que los logros son posibles cuando las sociedades apuestan por ellos y no se dejan llevar por el desánimo o el egoísmo paralizante del “sálvese quien pueda”. Nada impide que nuestro país se convierta, a medio plazo, en un Sillicon Valley del Mediterráneo –como el diminuto Estado de Israel, por ejemplo–; o que ofrezca una calidad educativa similar a la finlandesa, donde se dignifique el trabajo y se reduzca el paro a niveles europeos. El orgullo legítimo surge de las grandes realizaciones compartidas, de los éxitos sociales e institucionales fruto del consenso. El cinismo, en cambio, nace de la mezquindad.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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