El verano Nivea

Es curioso porque para mí el verano no es una tarde en la playa, ni un paseo en velero ni una pizza junto el mar, sino tan sólo un olor. Hablo de la infancia que es la hechura de la memoria y que en mi caso se resume en el olor, recurrente e intenso, a Nivea. Si me preguntaran por el motivo de esta querencia, no sabría dar una explicación, aunque quizás a nivel neurológico el olfato sea el sentido más primario y, en ese sentido, permanezca con más intensidad en el recuerdo. En todo caso, el verano era el tiempo de los extranjeros que llegaban a casa siguiendo un calendario estricto. Primero, los argentinos – el aroma a cuero y las conversaciones interminables -; más adelante, los suecos – mis abuelos y mis tíos; las partidas de cartas y el olor a canela y a jengibre -; y finalmente los alemanes, embadurnados con la inefable Nivea. Diría que para nosotros, el verano era Mallorca y el invierno el extranjero: en Navidades, Suecia (recuerdo con horror la sauna y con placer los conciertos al piano de mi abuela) y en Semana Santa, Italia o Inglaterra normalmente en alternancia. Pero el verano era la isla. Y dentro de la isla, un pequeño puerto de pescadores.

Si me preguntaran por el pueblo diría que ha cambiado mucho y no sé si siempre a mejor. Hablo del paisaje humano que es lo que cuenta en los lugares. Venecia puede resultar menos atractiva humanamente que una parada de autobús en Lima y debo reconocer que los mejores viajes los he hecho solo y a pie; esto es: sin nada. Cuando uno va sin nada se encuentra con la gente, aunque sólo sea porque necesitas a las personas y entonces tu conocimiento de los lugares se ensancha. En realidad, el conocimiento no deja de ser una forma de amor y de tristeza: amamos, por así decirlo, aquello que se pierde y no podemos recuperar más que mutilándolo. Y el puerto, aquel lugar mítico de mi infancia, olía a Nivea cuando llegaban los alemanes y los ingleses. Recuerdo al guardaespaldas de Ringo Star paseando entre los amarres y recuerdo unos músicos de jazz alemanes, cenando con baladas de Chet Baker en su velero. Recuerdo a un austriaco vestido de tirolés, sentado en la barra de un bar, y recuerdo al barítono catalán Vicente Sardinero ensayando una opera francesa en casa de un amigo. Recuerdo, en definitiva, un mundo que ya no existe, pero que era definible y, en cierto modo, confiable. Se repetía a sí mismo como una marcha rítmica, al igual que las estaciones del año.

Creo que fue el escritor André Gide quien definió el verano como un tedioso vuelo de moscas. No sé si me gusta esta definición, pero, en todo caso, correspondería más a los barrios coloniales de clase alta en África, que a la vida de una ciudad mediterránea de hoy. Yo no sería capaz de definir el verano mallorquín como un vuelo de moscas, aunque el calor sea, eso sí, cada vez más africano. La isla ha cambiado, como se ha transformado el país. Se da en esto una lógica consecuente. Donde antes reinaba una cierta austeridad, gobierna ahora la bufonería. La masificación estandariza, pero sobre todo – y esto lo veo como una paradoja – empobrece la diversidad. La peculiaridad subsiste aislada del magma, en casas de possessió o urbanizaciones cerradas. Incluso los mallorquines optan cada vez menos por veranear en la costa y prefieren una residencia en el campo o salir de viaje a Europa. El olor a Nivea se ha esfumado, no porque ya no exista ni se venda, sino porque hay de todo y ese todo es masivo. Si alguien afirmara que cualquier pasado fue mejor le contestaría que no. Pero sí creo que, por regla general, el propio pasado nos resulta más habitable. O, al menos, más familiar.

Mis veranos ya no son mallorquines, sino que ahora sigo la ruta de los cuñados: de Madrid y los Montes de Toledo al Puerto de Santa María, pasando por Canarias. En cierto modo, me he convertido en ese extranjero que llegaba a mi casa cuando yo era niño. Pero cuando descanso aquí unos días, me gusta volver a repetir las mismas costumbres de antaño: bajar a alguna cala pedregosa, pasear entre los yates, jugar al tenis por las tardes y, sobre todo, al caer la noche, sentarme en el balcón de casa con unos prismáticos y una linterna, y contemplar a lo lejos los cargueros que cruzan el mar, buscando en ellos alguna señal de vida, quizás la luz encendida de un camarote. Y entonces me pregunto por sus vidas y pienso que no deben ser tan distintas a la mía.

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