Los libros que no he leído | Lola Larumbe

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Los pasajes, de Walter Benjamin.

Nunca he leído una página de un libro de Walter Benjamin. Mejor comenzar así, quitándose la careta, con el corazón en la mano. Sé que es una extravagancia, una falta imperdonable y que por este motivo no voy a entender nunca nada de lo que pasa con la modernidad, el materialismo histórico y sus derivados.

Reconozco mi pecado, pero en mi descargo solo puedo decir que no ha sido por desdeñosa indiferencia o por mera ignorancia, no, no ha sido por esto. Si no lo he leído, y esto es muy difícil de explicar, es porque tengo la sensación, desde mi más tierna infancia, de haber casi convivido con él. Esto es muy extraño, y a más de uno y de una le parecerá una broma, pero es así, no he leído jamás a Walter Benjamín, pero si no lo he hecho es porque ya lo leí, lo que pasa es que no sé cuándo, en qué momento ni en qué circunstancias.

Para mí Walter Benjamin es como ese primo aviador, muy querido de mi padre y que murió a los diecinueve años abatido en el cielo de Belchite, y del que se termina siempre hablando en las reuniones familiares. Son personas cuya presencia es eterna, aunque pasen mil años de su muerte. Conocemos mejor sus vidas, sin haberlos visto ni tratado nunca, que la de los amigos más íntimos. Nunca se van, aparecen en cualquier momento, mientras desayunas o en la ducha, cuando menos te lo esperas, y no paran de decirnos cosas. Su vida corta y de final dramático, casi siempre, es tan intensa que da para rellenar las de todos los que tuvieron contacto con ellos y sus descendientes.

A veces digo frases que son suyas, me vienen de repente a la cabeza y no tengo más remedio que escupirlas. Ayer un autor me enseñaba el libro que se acababa de autoeditar, de diseño y contenido muy poco prometedor, y me pedía que le diera mi opinión, pero a pesar de que me mordía la lengua, pude escuchar, saliendo de no sé dónde, mi voz que dijo: Nada que decir. Solo mostrar. En ese instante dicho autor recogió su libro lo metió en la mochila y se fue por donde había venido.

Pero creo que la primera vez que me sentí, sin saberlo, profundamente benjaminiana, fue cuando cumplí diez años.

pasajes-walter-benjaminDiez años para una niña de los sesenta era un rubicón. Era ese momento en el que te daban un duro para la camioneta y ya podías irte sola al colegio. Conocía muy bien el recorrido,  lo venía haciendo desde los seis pero siempre con alguna de mis hermanas, en el coche de mi padre o con mi madre conduciendo a trompicones el seiscientos gris, hasta la calle amplia y alta, donde estaba el colegio.

No era un viaje muy largo. El autobús dejaba atrás enseguida nuestro pequeño barrio nuevo de torres y bloques de hormigón y ladrillo -con caminitos de piedra entre jardines-, y cruzaba el río por un puente blanco, aristocrático, que hacía aún más turbias las aguas que pasaban por debajo, y que parecía puesto allí como advertencia de que a partir de ese punto dejabas una ciudad  para penetrar en otra muy distinta pero que seguía siendo la misma. Luego, ascendía muy despacio por la larga cuesta de la Estación del Norte hasta alcanzar, renqueante, la meseta donde se encuentra la plaza orgullo de la nación que había empezado a amanecer.

Era en un lateral de aquella gran plaza, donde el P21 -que era así, con nombre de logia masónica, como se llamaba la línea de camionetas que conectaba las orillas del rio con el eje triunfante de la ciudad- me dejaba y finalizaba mi viaje en autobús, y donde comenzaba el camino que tenía que hacer a pie para llegar al colegio.

No es una gran distancia, solo tenía que atravesar la espesura y las calles que bordeaban la plaza, con sus fuentes de piedra y un obelisco con un caballero y su escudero cabizbajo, y seguir caminando por la avenida  empinada hasta que me encontraba con una verja tupida con esfinges de piedra que me hacían una señal para que cruzara a la otra acera y entrara en el colegio.

Fue en aquellos recorridos a pie donde comencé a sentirme, sin saberlo, muy ligada a Walter Benjamin. Era una experiencia de libertad muy rara, una niña de diez años, vestida de uniforme gris, deambulando sola por las calles céntricas de una ciudad -después lo he pensado-, también muy gris.

La aventura se iniciaba en la travesía de la plaza. En el verano es dura y abrasadora, y en invierno se cruzan en su eje principal el viento de la sierra del Guadarrama -que baja por la calle del colegio-,  con las corrientes de las calles pequeñas que la bordean, haciendo imposible el cruce para unas piernas flacas con calcetines y falda tableada.

Un día descubrí los pasajes. Bueno, yo no los llamaba así, no los llamaba de ninguna manera porque nunca a nadie le conté que para llegar al colegio, cada día, utilizaba dos caminos secretos –uno de ida y otro de vuelta, y de muy diferente naturaleza- para salvar la temible plaza y llegar al colegio.

El que tomaba a la ida, atravesaba a lo largo la planta baja  del edificio España, entonces hotel Plaza. Salía de casa con muchísimo más tiempo del necesario para poder demorarme a mis anchas frente a los escaparates de cristales curvos y maniquís ciegos, de aquella lujosa galería  solo frecuentada por unos pocos turistas elegantes de la época. Me colaba como una lagartija por la puerta giratoria que daba acceso por la calle de los Reyes, y deslizándome sobre los suelos pulidos de mármol y deambulando por cada esquina, salía ya directa a embocar la de la Princesa.

Cuando volvía a casa, siempre escogía el  pasaje subterráneo. Aquí descendía por unas escaleras malolientes que llevaban al parking que ocupa todo el subsuelo de la plaza y me adentraba en una galería extraña, mezcla de olor a tubo de escape y salsa de soja, de tiendas clausuradas con cortinas y letreros escritos en chino, algo exótico y misterioso en aquella ciudad gris.

El pasaje chino todavía existe y ahora tiene un restaurante, chino, que está de moda donde la gente hace cola llenando el largo pasillo de la galería.

Por el contrario, el edificio Plaza España, está cerrado hace ya unos años. Se puede ver por entre las rendijas que dejan las maderas que tapian las puertas, suelos de mármol y fantasmales maniquís detrás de cristales curvos. El dueño es un millonario chino que lo compró una noche tras una cena en el restaurante más caro de la ciudad, jaleado por el presidente de un club de fútbol y constructores varios, y está a la espera de que soplen nuevos aires municipales que permitan el derribo para construir, en su lugar, un centro comercial.

Los pasajes son casas o corredores que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños.

Lola Larumbe es librera y responsable de la librería Rafael Alberti, en Madrid.

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