Los libros que no he leído | Manuel Arias Maldonado

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

No hay dudas sobre cuál es el libro más importante que no he leído: una novela cuya adaptación cinematográfica ha marcado mi vida como espectador. O sea: mi vida a secas. Porque no hay diferencias entre el cine y la vida; no para quien un día se encuentra contemplando la vida a través del cine. Semejante declaración, que se antojará ridícula para aquellos que crean haber escapado a la influencia del arte moderno por excelencia, encaja con el tema de la película -¿lo será también del libro?- aquí referido: una obsesión amorosa que empieza en la fascinación y termina en la patología. O bien: un voyeurismo que se acerca a su objeto y es destruido por él.

Por supuesto, el libro es De entre los muertos, escrito por Pierre Boileau y Thomas Narcejac, publicado en 1954; la película es Vertigo, dirigida por Alfred Hitchcock y estrenada en 1958. He visto la película al menos una docena de veces; jamás he leído el libro.

¿Absurdo? El realizador francés Chris Marker publicó en Positif unas notas sobre Vertigo que terminaban así: “Obviamente, este texto se dirige a aquellos que conocen Vertigo de memoria. Pero, ¿es que acaso el resto merece algo?” Así que supongo que los admiradores de la película comprenderán mis razones para mantenerme alejado del libro; aunque muchos de ellos sí lo habrán leído. Por ejemplo, con objeto de certificar la potencia transfiguradora del cine en general y de Hitchcock en particular. Es razonable; pero también lo es mantener la relación con esa historia en los términos marcados por el propio director.

vertigo-peliculaBoileau-Narcejac son, fueron, autores franceses de novelas detectivescas. El segundo no se llamaba Thomas Narcejac, sino Pierre Ayraud; empezaron escribiendo por separado y tras conocerse terminaron haciéndolo juntos. Su importancia para la historia del cine no se reduce a Vertigo: adaptaron una novela de Jean Redon que desembocó en Ojos sin rostro (1960), extraordinaria película de horror poético de Georges Franju; su novela Celle qui n’était plus es la base para Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot. Película que Hitchcock recomendó ver a su equipo, actores incluidos, durante la preparación y el rodaje de Psicosis (1960); otra mediocre novela bendecida por la mano del prestidigitador inglés.

Hitchcock: un ambiguo héroe obsesivo que alcanza su cumbre artística con un film que trata sobre otro héroe obsesivo no menos ambiguo: un detective soltero capaz de poseer brevemente en la ficción a la mujer -al tipo de mujer- que el rechoncho auteur inglés deseaba sin éxito a este lado de la pantalla. Aquel tipo de mujer cuya actitud distante no excluye, como explicó el propio Hitchcock, que ponga su mano sobre nuestra entrepierna al subirse en un en taxi. En imágenes: el beso repentino que Grace Kelly da a Cary Grant en la puerta de su habitación de hotel en Atrapa a un ladrón (1955). Durante el rodaje en Francia de esta cinta, los jóvenes críticos de Cahiers du Cinema que protagonizarían la Nouvelle Vague aprovecharon para visitar al maestro y presentarle sus respetos; este encuentro es así el origen del célebre libro de conversaciones entre Hitchcock y Truffaut.

En ese libro, Hitchcock dice que Vertigo es la historia de un hombre que quiere acostarse con una muerta. Y así es; pero esa boutade está lejos de agotar la riqueza semántica de una obra envuelta en la textura de un sueño. Su tema es la obsesión amorosa de un hombre solitario (Scottie, interpretado por James Stewart) que se enamora de una mujer (Madeleine, a la que da vida Kim Novak) que en realidad es una actriz que hace de otra mujer (Judy, también kim Novak); la actriz, cuya representación culmina en la muerte de esa otra mujer, se enamora a su vez de ese hombre. Tras la muerte, organizada en la sombra por el marido de Madeleine con objeto de librarse de ella haciendo culpable a Scottie, éste entra en un estado catatónico del que sólo sale -o parece salir: la segunda mitad es seguramente una fantasía- cuando topa por la calle con una chica que se parece a su amor perdido. Es Judy, sometida desde ese momento a un proceso de transformación a manos de Scottie que termina cuando se convierte en doble de Madeleine a través de un proceso de transfiguración cuyo último detalle es el pelo recogido a la manera de la muerta. Así, la pareja vuelve a unirse después de la muerte por medio de lo que Chris Marker considera con justicia “el más mágico movimiento de cámara de la historia del cine”. Pero lo que no puede ser no es: Scottie descubre azarosamente el engaño al que ha sido sometido y la realidad cae sobre él como una condena ya definitiva: otra muerte, el exravío mental definitivo. Hemos vivido todo esto -el detalle no es menor- al compás de la música bellísima de Bernard Herrmann. Y tenemos el póster diseñado por Saul Bass.

entre-muertos-libro-vertigoVertigo es, primero, un shock cinematográfico; luego, a medida que se van entreviendo sus profundidades, se convierte en un enigma que nunca resolvemos del todo; finalmente, a medida que la experiencia vital va iluminando alguna de sus sombras, pasa a ser un instrumento de conocimiento. Se trata de una película sobre el abismo del tiempo y sobre la imposibilidad del amor; sobre el deseo de sobreponernos al tiempo a través del amor; sobre la derrota del amor  a manos del tiempo. Y muchas cosas más. Ante todo, es una poderosa construcción visual y dramática que nos mantiene en un trance parecido al de su protagonista, voyeur durante la primera mitad y performer de su propia obsesión durante la segunda.

Y así como nunca he leído De entre los muertos, he visto o creído ver las huellas de Vertigo, que son también pálidamente las de su novela de origen, en muchas otras películas y no pocos libros. Igual que Scottie, cree ver a Madeleine en la calle después de muerta, como cualquier víctima del desamor, yo he visto Vertigo en muchos lugares: en la aparición de Shasta, bajo una luz verdosa, al comienzo de Vicio inherente; en la banda sonora de Tres recuerdos de mi juventud, la película de Desplechin; en las peripecias del protagonista de El mar, el mar, la prodigiosa novela de Iris Murdoch. También allí donde Vertigo, parafraseando a Borges, ha creado precursores: en Jennie, en El fantasma y la señora Muir, en Pandora y el holandés errante. He leído los libros de Eugenio Trías, de Charles Barr, de Dan Aulier; he leído el número que Nickelodeon dedicara a las resurrecciones cinematográficas en Ordet y Vertigo. Y he disfrutado las reflexiones u homenajes explícitos de Chris Marker (la memorable escena del museo natural en La Jeteé, la sección dedicada a ella en Sans Soleil) y Jean-Luc Godard (en sus Historia(s) del cine). A lo que hay que añadir mi propia biografía: viví en California y visité los escenarios de la película, desde la Coit Tower a los Muir Woods, hasta llegar a una iglesia sin campanario. Porque el campanario de la película existió, pero años después del rodaje fue derribado porque no formaba parte del diseño original de la iglesia. O eso me dijeron.

Ni siquiera sé si en el libro hay un campanario. Yo sólo he visto la película.

Manuel Arias Maldonado es Profesor Titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Este próximo otoño publicará un nuevo libro, La democracia sentimental (Ed. Página Indómita).

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