Lo viejo y lo nuevo

El eje del debate político se desplaza desde la derecha y la izquierda hacia lo nuevo y lo viejo. Son movimientos tectónicos que se dejan sentir en los periodos de profundos cambios, cuando la incertidumbre empieza a condicionar el día a día del futuro. En su devenir concurren factores económicos, tecnológicos, sociales y demográficos. A una población envejecida se superponen la fuerte competencia global y la obsolescencia laboral de muchos trabajadores, que ven peligrar sus contratos.

Desde la sociología, Zygmunt Bauman ha escrito que el capitalismo contemporáneo genera un “detritus humano” en forma de paro masivo y subempleo. Al fin y al cabo, ¿por qué contratar a alguien si un robot o un software pueden hacerlo mejor? No deja de ser sintomático, por ejemplo, que la robótica facilite una recolocación empresarial a gran escala del tercer mundo al primero, amenazando el crecimiento de las potencias emergentes. Para un sector considerable de la opinión pública, el bipartidismo –esto es, la alternancia entre derecha e izquierda– ya no representa sino los vicios de unas élites que sólo se atreven a leer el futuro en clave de interés propio. La retórica del pasado como el espacio natural de la casta se ha abierto camino en el inconsciente colectivo de una Europa que ve evaporarse el sueño de la prosperidad compartida. Y, como es sabido, el incremento de las desigualdades no vindica soluciones de ningún tipo, más allá de la hipocresía al uso que habla, en su lugar, de oportunidades. ¿Qué oportunidades?, cabe preguntarse. ¿Y para quién?

En España, los movimientos del marco europeo tienden a extremarse. El desempleo, pongamos por caso, adquiere tintes monstruosos tras el estallido de cada crisis. Sin ir más lejos, hace diez años las tasas de paro, los niveles de deuda y el superávit de las finanzas públicas eran perfectamente homologables con los datos de los principales países de nuestro entorno. Hoy no. Nuestro modelo político, disfuncional como todos, pretendía ejercer un patronazgo sobre el Mediterráneo, en clara competencia con Francia. Hoy, en cambio, percibimos el bipartidismo como un recurrente eje del mal –lo viejo y caduco– que asfixia la creatividad del país y su vocación de futuro. Incluso los partidos clásicos se ven obligados a reinventarse si quieren sobrevivir, bajo la advocación del cambio. Convergència i Unió ha renunciado al catalanismo transversal para girar hacia al soberanismo, buscando eludir la mala gestión de Mas y los efectos del legado Pujol. El reset del PSOE, tras la etapa Zapatero, se articula sin vocales, con caras nuevas y escasez de imaginación. La excepción responde al retraso analógico de un PP que fía su futuro a la creación de empleo y a la falta de alternativas creíbles. En el sprint electoral andaluz, Susana Díaz –la figura emergente del socialismo español– fusiona el guerrismo con el felipismo. Me temo que hasta los tópicos se repiten.

Las últimas encuestas otorgan un crecimiento balístico a las nuevas corrientes (Podemos / C’s). Más allá de sus principales figuras públicas, sabemos muy poco acerca de sus cuadros. Sencillamente se benefician de esa presunción de inocencia que aporta lo virginal, del cansancio que provoca lo ya conocido y del anhelo de un futuro mejor. Sin embargo, reducir el debate político a la dialéctica de la casta nos sitúa ante un panorama vacío. Lo viejo y lo nuevo sirven como metáfora generacional, pero no como sustrato político. Pablo Iglesias reivindica la política del pasado para transformar una realidad que –y él lo sabe– no se puede cambiar. Rivera se ha echado en manos de Garicano, para convertir España en una Dinamarca “a falta de daneses”, parafraseando a Josep Pla. Hacen falta reformas, nadie lo duda. Pero las utopías no existen. Y el discurso ideológico derecha/izquierda terminará prevaleciendo.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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