Los libros que no he leído | Ignacio Peyró

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Unos guantes venecianos

No siempre es fácil saber cuánto nos duelen los libros que no hemos leído; a cambio, resulta sencillo medir el vacío de los que no volveremos a leer. Sería, quizá, el año 2010. Mi trabajo en el periódico era muy expuesto: en el extremo de una larga fila, asomado al pasillo, en frente de los baños. El lugar tenía sus servidumbres: uno llegaba a saber del celo con que cada cual se aplicaba –por ejemplo- a su higiene dental. Pero también tenía sus ventajas, ante todo –digamos- en el ámbito de la socialización: era difícil no compartir una broma, una observación, un qué tal te va, con muchos de los viandantes que se acercaban por allí. No diré que las palmadas en la espalda llegaran a causarme una fractura, pero alguna camisa sí me desgastaron.

venecias-paul-morandCada uno trataba a su manera el breve espacio de intimidad laboral que se nos concedía, y había altarcillos a los manes familiares con fotos de los niños, tazas con leyendas y botellas de plástico con el nombre de la dueña escrito a mano. La disposición de mi cubículo era simple: côté pasillo, arrumbaba los libros que llegaban, los papeles que iba usando, todo ese archivo que –de modo inevitable- siempre terminamos por engrosar. No había nada más. Muchas veces, por mi trabajo, debía llevarme un libro de casa y, después de cotejar un dato o buscar una cita, lo dejaba, ritualmente, el primero del montón. Un día tuve que escribir sobre Venecia y me llevé las Venecias de Morand.

Lo usé y lo dejé allí, y pronto me di cuenta de que me costaba llevármelo a casa: en un ambiente no siempre risueño como es el trabajo, tenerlo ante los ojos no dejaba de ser un recordatorio de las bellezas, una manera de anclar las clemencias de la vida. Uno siente por los libros pocas desviaciones fetichistas, pero a este –concretamente a este- le tenía un cariño casi maniático. Me acompañaba desde los dieciséis años. Me acordaba del día en que lo compré. Me entusiasmaba la Venecia desvaída en su portada. Y me había gustado conocer –azar puro- a su traductora al cabo de los años. Lo importante, sin embargo, es que aquel ejemplar de Venises me había llevado a conocer a Paul Morand, moralista en descapotable, tan antiguo y tan moderno como quería Darío, el gran estilo de un siglo que –con él- todavía sonreía. Durante algún tiempo, tuve el libro sobre la mesa, como si tuviera una vista veneciana de Turner abierta sólo para mí.

Fue un sábado por la mañana cuando desapareció. O, quizá, un viernes por la noche: eran días de ir y venir, de trasiego de gentes rumbo a los platós; en todo caso, fue constatar su ausencia y sentir esa punción en el corazón que nos advierte de algo inevitable. Pero nunca ponemos más empeño que en las cosas que sabemos destinadas a fracasar y -por inevitable que fuera-, uno no estaba dispuesto a resignarse. Se hizo todo lo posible. Se habló con los del turno de noche. Se llamó a consulta a las gentes de limpieza. Y me juraron que habían consultado –tras mucho suplicar- los vídeos de las cámaras que vigilaban la redacción. Durante unos días, estuve atento, en busca de un signo, de una mirada que se delatara, de una bolsa que dejara entrever el cuerpo del delito. No hace falta decir que no lo encontré.

Nunca he querido volver a comprar Venecias en esa edición: si alguna vez vuelvo a él, lo hago en francés. Pero el asunto no ha dejado de inquietarme: un libro de Stephen King, pongamos, hubiera tenido muchos pretendientes, pero ni entonces ni hoy he logrado cuadrar a qué persona de la planta podría interesarle un tomito ya manoseado de Morand. He recorrido en la memoria no pocos rostros, siempre con la duda de si sería esta o sería aquel. Pero el robo que me quitó el libro no dejó de aportarme alguna cosa. Al principio, no pude menos que pasmarme del gusto del ladrón. Ahora, también le alabo la finura. Al fin y al cabo, alguien que roba un libro tan bueno también debe de ser tan bueno como para no dejar tras sí ni el perfume de unos guantes venecianos.

Ignacio Peyró es escritor, periodista y asesor político. Coordina Nueva Revista digital y la opinión de The ObjectiveAutor de Pompa y circunstancia. Dicc. sentimental de la cultura inglesa (Ed. Fórcola).

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