Sin pudor

Vivimos en una sociedad sin distancias, afirma el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sin distancias quiere decir sin respeto, sin contención ni pudor. “El respeto –escribe Han en El enjambre– constituye la pieza fundamental para lo público. Donde desaparece el respeto, decae lo público.” En una democracia liberal, la política se construye sobre este principio: respetamos el funcionamiento de las instituciones, la seguridad jurídica de las leyes, los plazos procesales, la arquitectura imperfecta del entramado representativo que confluye finalmente en las cámaras legislativas y en la separación de poderes.

Se trata de un sistema lleno de mediaciones, de pasos y de organismos intermedios: un elogio de la imperfección para un mundo que jamás será perfecto. Los espacios están acotados: el ciudadano confía en alguien y ese alguien será juzgado al cabo de un tiempo de acuerdo con las expectativas que hemos depositado en él. Puede tratarse de un político – al que, por tanto, valoraremos con nuestro voto al cabo de cuatro años –, un medio de comunicación, un médico o el director de una sucursal bancaria. El respeto, la contención, la confianza se encuentran en la base de la democracia, la sustentan y le dan vida; del mismo modo que propician lo mejor de la condición humana, ya sea el arte o la literatura, el amor o la amistad.

Para analizar las tendencias de fondo que se mueven en nuestro mundo hay que leer a Han. Hay que leerlo como dice George Steiner que hacen los judíos; esto es, emborronando las páginas con un lápiz, subrayando y anotando; desafiando el texto y dudando de sus teorías. Byung-Chul Han recela de una cultura sin distancias ni pudor y cree que sólo “conduce a la sociedad del escándalo”. Su lectura quizás sea extrema, pero resulta sugerente. En una democracia sin intermediarios ni espacios más o menos delimitados, todo se vuelve irremediablemente directo. El poder se dirige a la base – vía referéndum, por ejemplo – eliminando todos los filtros. Los medios de comunicación – cuya labor principal es descubrir y seleccionar la información, además de analizarla – se enfrentan a la inmediatez caótica de las redes sociales y a su fuerza viral. Los tiempos se acortan e impiden que las políticas maduren a su ritmo. El largo plazo queda fragmentado en periodos muy reducidos. La sociedad impudorosa, en definitiva, favorece las shitstormso “tormentas de mierda” que se ensañan con una persona o una institución.

Byung-Chul Han sostiene que estos cambios culturales y sociológicos están impulsados básicamente por la tecnología. Sin duda, pero no sólo por ella. La desconfianza hacia la clase política y las elites extractivas no tiene un origen puramente digital, aunque,sin duda, Internet ha propiciado su viralidad. La falta de perspectivas profesionales, la rigidez de las elites a la hora de reformarse, los fallos sistémicos en el control de los poderes, la metástasis burocrática, la corrupción y la mediocridad de una clase política apoltronada en sus privilegios conforman la telaraña del descrédito. La mentira vicia la confianza en la democracia y en sus representantes. La política corrupta reclama como antídoto la transparencia. Por ello, cabe preguntarse si una democracia sin mediaciones, sin distancia ni respeto, puede ser operativa a medio y largo plazo. ¿Sabrán las instituciones reformarse a sí mismas, recuperando parte de esa legitimidad popular, o nos dirigimos hacia un mundo inestable, al albur de los intereses sociológicos más inmediatos? El pesimismo cultural de Byung-Chul Han invita a pensar en lo segundo. El pesimismo, de todos modos, no suele ser buen consejero.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Un comentario en “Sin pudor

  1. “El poder se dirige a la base -vía referéndum, por ejemplo- eliminando todos los filtros”. “El largo plazo queda fragmentado en períodos muy reducidos”. ¿Terminaremos aprobando los presupuestos generales del estado contabilizando “likes” a cada propuesta de gasto o ingreso por internet? ¿Quién cuadrará las cuentas? Sin mediación, sin confianza, sin tiempos de silencio, termina por imponerse la precipitación, el camino hacia el precipicio.

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