Los libros que no he leído | Ramón González Férriz

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Fue en 2008, en algún momento entre el debate electoral de Pedro Solbes y Manuel Pizarro previo a las elecciones españolas de marzo y la caída de Lehman Brothers en septiembre: tuve la sensación de que ya no entendía los periódicos. ¿Qué era exactamente el superávit? ¿Por qué había quien decía que no pasaba nada por incurrir en déficit si era contracíclico y servía para estimular la demanda? ¿O por qué era mejor aplicar políticas de oferta que de demanda? ¿Que los bancos estadounidenses habían estado haciendo qué con las hipotecas de la gente con un historial crediticio dudoso? ¿Y qué tenía de raro —o de bueno, o de malo— que un gobierno muy conservador rescatara una aseguradora y dejara caer un banco? En realidad, ¿qué demonios significaban todos esos sustantivos?

Hasta entonces, la economía nunca me había interesado especialmente. Por supuesto, había leído novelas del siglo XIX y sabía gracias a ellas de deudas y especulaciones inmobiliarias y bonos y pagarés y todas esas cosas de las que, por alguna razón, las novelas del siglo XX casi dejaron de hablar. Y también había leído algo de historia y me sonaban las crisis de deuda, las bancarrotas nacionales, el crack de 1929 y Bretton Woods. Llevaba una década leyendo disciplinadamente los periódicos —pero menos, sin duda, sus páginas de economía— y había aprendido un poco. Pero no lo suficiente para entender las noticias del día. Y no digamos ya para editar la revista en la que trabajaba, o en el semanario en el que trabajaría más adelante. Así que me puse a leer. En cierto sentido, a estudiar.

riqueza-nacional-adam-smith-alianza-editorialLos domingos por la noche, me sentaba con el suplemento Negocios de El País con un bolígrafo. Lo que no comprendía, lo buscaba en la Wikipedia. Más adelante, sumé Mercados, de El Mundo. Había sido lector ocasional del Economist desde hacía un lustro: me suscribí. Y cada noche pedía prestado o robaba el ejemplar del Financial Times que tenían, ya muy manoseado, en el Pain Quotidien en el que a primera hora de la noche compraba el pan para la cena. Tuve la suerte de hacerme amigo de periodistas económicos: leía todo lo que escribían y lo que no entendía se lo preguntaba en Twitter. Leía los blogs que me decían que tenía que leer. Al mismo tiempo, estaban los libros: leí Esta vez es diferente, leí The Roaring Nineties, leí las magistrales crónicas del desastre financiero de Michael Lewis, leí Por qué fracasan los países, leí El capital en el siglo XXI, leí Keynes vs Hayek, leí La gran búsqueda, leí Las pasiones y los intereses, leí los estupendos libros divulgativos del magnífico novelista John Lanchester, leí Los señores de las finanzas, leí Los filósofos terrenales, leí El gran escape. Fui disciplinado con todos estos libros y decenas más. No solo empezaba a entender la economía —aunque con esta disciplina siempre es un decir—, sino que empezaba a parecerme divertida. De hecho, mucho más que casi cualquier otra disciplina. No era ni remotamente un especialista, pero al menos no parecía idiota. Me sentía un adulto.

Pero también está lo que no hice y atañe al encargo de este post. No leí un solo clásico del pensamiento económico, las raíces de las que salían todos los libros que sí leí. No leí El capital, no leí La riqueza de las naciones ni Teoría de los sentimientos morales, ni Las consecuencias económicas de la paz ni la Teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero, nada de Ricardo, ni de Stuart Mill, ni de Samuelson, ni de Marshall. Todos esos libros me han influido enormemente, pero siempre por persona interpuesta. No los he leído.

No es muy grave, supongo. En algún momento de los últimos años me convertí en periodista y eso me ha obligado a tener una relación con las ideas distinta de la que tenía hasta entonces. Antes eran para mí sofisticados objetos esculpidos por el ingenio, por el talento intelectual. Ahora las veo más bien como las excusas que utilizará el ministro de economía para justificar su nuevo presupuesto, o la directora gerente del FMI para anunciar una recomendación u otra. No he salido perdiendo del todo: a fin de cuentas, el mundo se rige en parte por ideas, muchas veces por ideas económicas, pero son otra clase de cosas las que siguen haciéndolo rodar, y esas ideas están en Montaigne o en Maquiavelo, a los que ni siquiera mi condición de periodista me ha llevado a dejar de leer. Algún día tendré tiempo para leer a los clásicos de la economía. Quizá para ello tendré que dejar de ser periodista. Hay tantas urgencias que cómo vamos a ponernos con lo importante.

Ramón González Férriz es director de Ahora Semanal. En 2012 publicó el ensayo La revolución divertida (Ed. Debate).

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