Ernst Jünger, los acordes secretos

A finales de 1942, el capitán de la «Wehrmacht» Ernst Jünger abandonó París y se encaminó hacia el frente oriental, en el Cáucaso. Llevaba consigo una pequeña Biblia y un cuaderno de campaña. El 2 de diciembre, con el suelo cubierto de nieve, anotó en su diario: «El hálito del mundo de los desolladores resulta a veces tan perceptible que mata completamente las ganas de trabajar, de modelar imágenes y pensamientos. Las malas acciones tienen un carácter sofocante, deprimente; la campiña humana se torna inhóspita, como si en ella se ocultase carroña. En la vecindad del crimen las cosas pierden su magia, su olor y sabor. […]. Mas es precisamente contra eso contra lo que hay que luchar. Los colores de las flores que brotan en la mortífera cresta no deben palidecer para nuestros ojos ni aun cuando se hallen a un palmo del abismo».

Extracto del artículo publicado en ABC Cultural. Puedes seguir leyendo aquí.

Un comentario en “Ernst Jünger, los acordes secretos

  1. Toda decisión escinde el mundo en dos mitades irreconciliables. Seguir emboscado o salir del hortus conclusus trabajosamente construido parece hoy en día una encrucijada a la que no pocos llegan, en tiempos de mudanza, cuando hasta las paredes de nuestra celda se ven amenazadas de ruina por el ímpetu del siglo. Quizá cada cual deba cavar su trinchera y bordear su casa con alambre de espino, confiando en que unos pocos amigos, y algunos otros que la lucha traerá, recuerden y reconozcan el camino de entrada.

    También cabe rezar, para que la plegaria ascienda y trace una marca indeleble en el cielo, pues ninguna oración se pierde aun cuando nadie la escuche.

    Y cuando ladren los perros en medio del día, como ahora ya ladran, murmurar la liturgia del bosque mientras abrimos la puerta a nuestros enemigos. Con Garcilaso:

    Cerca del Tajo, en soledad amena,

    de verdes sauces hay una espesura

    toda de hiedra revestida y llena,

    que por el tronco va hasta el altura

    y así la teje arriba y encadena

    que el sol no halla paso a la verdura;

    el agua baña el prado con sonido,

    alegrando la vista y el oído.

    ————————-
    Garcilaso de la Vega, Égloga III.

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