¿Qué libro que no he leído me ha influido más?
Muchas cosas hubiesen sido distintas si al Estado Mayor Alemán, informado por los socialistas austríacos, no se le hubiese ocurrido en 1917 usar a Lenin como peón en la guerra con Rusia. Y así fue como Lenin y sus allegados llegaron, en un vagón blindado, a la estación de Finlandia en el antiguo San Petersburgo –entonces Petrogrado y futuro Leningrado-, para debilitar a Rusia como “bacilos de la peste”, según los estrategas del Káiser. Iba a comenzar la revolución de Octubre en la gran Rusia agotada y diezmada por la guerra. Según se considere, Lenin fue desleal a su patria, con tal de propagar la causa de la violencia revolucionaria. Había impulsado a los bolcheviques como mayoría frente a lo que consideraba la minoría menchevique. En realidad, era al revés: los mencheviques eran mayoría en su tesis de que primero debía producirse una revolución burguesa y luego la socialista. Para la noción del terror lenilista, el maestro es Chernichevski, el autor de la novela programática, didáctica e ilegible, ¿Qué hacer? (1863). Un joven Nabokov, ya en el exilio precario de Berlín, escribe su última novela en ruso, “La dádiva” (1938) donde habla de Chernichevski, pomposo, pedante, quejumbroso, de pensamiento obtuso y empantanado, opaco, apologista de los profetas armados. Así era el escritor predilecto de Lenin.

¿En qué modo ese ¿Qué hacer? que no leí intervino en mi vida? Al ver los escenarios del siglo XX no era difícil comprender hasta qué punto el totalitarismo comunista –como todos los objetivos del manual revolucionario de Lenin- se proponía acabar con la libertad, la propiedad, la familia, el comercio, la religión, el individuo, las relaciones de mercado. Si Hungría era un borroso recuerdo de mi infancia, los tanques rusos en Praga ya eran sobradamente la reafirmación de mis convicciones liberal-conservadoras, y por tanto anticomunistas. En aquellos tiempos, y todavía ahora, el anti-anti-comunismo acostumbraba a hablar de “anticomunismo visceral”. Ese era un dogma retórico, porque la realidad es que lo visceral solía ser la pasión por la libertad, origen crucial del anticomunismo reactivo. Con los años, Soljenitsin escribe una novela extraña y turbadora, Lenin en Zurich (1975), dos años después de de Archipiélago Gulag: un Lenin sombrío y fatídico teje su terrible destino. En aquel Zurich, la obra teatral de Tom Stoppard –Travestidos– hace coincidir a Lenin, Joyce y los dadaístas.
Aún sin haber leído ¿Qué hacer? uno puede saber que por torpe y incierta que hubiese sido la evolución del régimen zarista, las dosis de muerte y terror que con el lenilismo oprimieron Rusia – y luego media Europa y parte de todo el planeta- superaban exponencialmente la destrucción de libertad y vida por parte de un “ancien règime” con rachas de reformismo. No es solo literatura, también es razón histórica leer Lenin en Zurich y catalogar el ¿Qué hacer? de Lenin en el anaquel de los horrores. Aún así, de algún modo Lenin todavía colea en este nuevo siglo portentoso y brutal.
Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) es escritor. Acaba de publicar Fatiga y descuido de España.
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