Un cuadro

El amor exige cercanía, tanto como cierta dosis de costumbre. Mi cuadro preferido es el que me acompaña todos los días, al despertar, junto a las cortinas que tamizan la luz matinal. El cuadro no es un Velázquez, ni un Vermeer, ni un Rembrandt, ni un Tiziano, ni un Rothko o un Hopper, artistas a los que admiro, sino un dibujo a lápiz del pintor valenciano Marcelo Fuentes. Una azotea, un depósito de agua, una farola y un bloque de apartamentos al fondo es todo lo que nos muestra. Su luz, asombrosa, se condensa como un destello metafísico, testimonio de la memoria apagada del mundo. Pintor literario por antonomasia, sus cuadros solidifican el silencio, adensándose en una realidad perturbadora, más plena y frágil al mismo tiempo.

Ahí están – en su obra – las marquesinas años cincuenta, Queens y Nueva York, Ostia y el puerto de Nápoles, los apuntes valencianos – con su modernidad quebrada – o sus admirables acuarelas rurales – Teruel, Galicia o Almería, por ejemplo -, que reflejan el susurro íntimo de la eternidad. De él escribí hace años lo siguiente: “La inspiración – si tenemos que creer en ella – es siempre alteridad, un eco de algo que nos precede y que encuentra su encarnación en el arte. Ésta es una paradoja extraordinaria, ya que nadie es foco de su propia verdad. El silencio tiene su luz. Y me parece acertado contemplar la pintura de Marcelo Fuentes como un icono de este silencio, como un retablo de esta verdad inexpresada”.

No por obvio es menos cierto que el arte nos remite a lo sagrado. Cuentan que Pablo Casals interpretaba cada mañana una de las suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach. Se trataba, casi, de un acto de higiene, que le ayudaba a recuperar el centro de la propia existencia, extraviado tan a menudo por el tráfago diario. Para mí, este apunte de MF ejerce una función similar. Me acompaña desde el día que me casé. Celebra la fidelidad del amor y la belleza acompasada de lo cotidiano. Me dice que la verdad es enemiga de la grandilocuencia. Y, sobre todo, me recuerda que nada se pierde y que ni siquiera el tiempo resquebraja definitivamente la sustancia del mundo, la gozosa realidad última que nos sostiene.

Artículo publicado en Ambos Mundos.

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