Reyes sin reino

Foto: ABC

La literatura de José Carlos Llop (Palma, 1956) se sustenta sobre la mirada de la memoria. Desde su ya lejano El informe Stein (1995), una Bildung mediterránea con aires de Godard, a su apocalíptico y profético El mensajero de Argel (2005), sin olvidar, por supuesto, esa piedra miliar que dedicó a Palma con el título de En la ciudad sumergida (2010) –sin duda uno de los mejores libros que se han escrito en España sobre el alma de una ciudad–, la obra narrativa del autor mallorquín se articula sobre un doble eje: la dolorosa conciencia de la imperfección de la vida y la necesidad de la escritura para otorgarle algún tipo de sentido y de unidad.

Citando a su madre, Llop ha asegurado en alguna ocasión que “la memoria es una forma de literatura”; la única, tal vez, capaz de unificar en un solo sello el testimonio del amor y el deseo, del dolor y la pérdida. El recuerdo, en definitiva, de un paraíso perdido que intenta protegernos de la caída y recuperar intacta la plenitud del inicio, justo antes de que el tiempo llegue a corroer la frágil textura de la vida. Así, en un pasaje de su última novela, Reyes de Alejandría, podemos leer: “Nunca he escrito sobre otra cosa que no sea el paso del tiempo y el tiempo pasó. El fin de las cosas está escrito en su origen. El fin de las épocas también y en el destino de las personas está vivir distintas decadencias, como quien vive un ciclo natural”.

Por supuesto que cabe enlazar Reyes de Alejandría con el díptico integrado por En la ciudad sumergida y Solsticio, aunque aquí prima más bien un ejercicio de ficción modianesca que nos conduce a otra geografía –Barcelona– y a una década –la de los años setenta del pasado siglo– que acabó decidiendo el futuro de España. Sobre un escenario de alucinada abstracción y una atmósfera a lo Tintín,  subrayados por una potente banda sonora entre el pop y el rock, un hombre sin rostro ni nombre rememora desde un hotel parisino su formación sentimental en torno a dos ciudades, Palma y Barcelona. Le ayudan en su labor unos cuantos fetiches, metáforas de un tiempo ya disgregado, roto en mil astillas. “¿Qué permanece de nuestros amores?”, se pregunta el protagonista de la novela, interpelando a esa especie de vacío desdibujado y borroso de lo que perdimos y que en una ocasión fue nuestro. O eso queremos creer. Apelar a la luz de la memoria en la literatura de José Carlos Llop supone hallar un cobijo para la esperanza entre las teselas dispersas del olvido y reconocer que, detrás de la nada del pasado, todavía palpita el latido de todo aquello que nos constituye.

La Barcelona de los años setenta es también la ciudad de una generación que quiere decir adiós a la dictadura y a la pátina gris del provincianismo, bajo el auspicio de sus poetas tutelares –Pound y Eliot, sobre todo, también el griego Cavafis– y de una nueva música –de Dylan a Leonard Cohen– que aspiraba a demoler la arquitectura del pasado. Porque esta es una de las lecciones de Reyes de Alejandría: durante aquellos años, en unas pocas décadas, Europa (y también España) rompió su vínculo con la tradición. Fue una dinámica que se extendió a todos los niveles: el catolicismo se abrió al mundo moderno y el 68 dejó su huella sobre los viejos valores conservadores. La cultura  pop se difundía erosionando el sentido jerárquico de la civilización, mientras la Guerra Fría propiciaba un pacifismo de vaga inspiración jipi. Los setenta fueron –o quisieron ser– edénicos para una generación convencida de que con ellos se inauguraba un mundo y un tiempo nuevos. Pero la aspereza y el rigor de la Historia acaban imponiéndose, tarde o temprano. La segunda lección de esta novela nos habla de las larvas que destruyen los edenes desde dentro y auguran su ruina. Cualquier edén, claro está. Sin excepciones.

En este sentido, Llop reconoce que “Dante nos había enseñado que para llegar al Paraíso había que empezar por el Infierno y no tuvimos en cuenta  esa enseñanza”. Y, de hecho, el testimonio generacional de Reyes de Alejandría revela un camino inverso al de Dante: de la plenitud del inicio a la derrota y a la necesidad de reconstruir un mundo –que también es el nuestro– desde esa luz porosa y polvorienta que nos ofrece la memoria. Reconstruir lo perdido, se  entiende, para que vuelva de nuevo en forma de belleza y sentido, y por tanto de esperanza. Este es un deber moral al que sólo el gran arte puede aspirar.

Atmosférico y sensual en el uso de la paleta de colores, como ya resulta marca de la casa, en Reyes de Alejandría José Carlos Llop nos invita a adentrarnos en una época singular de la historia de nuestro país, desde una mirada icónica, tapizada de literatura y paradójicamente atemporal. Pocos escritores como él han sabido convertir Barcelona en un espacio mítico, de aristas desnudas y fuerte impronta simbólica; una ciudad alejandrina que podría ser tal vez cualquier otra ciudad mediterránea. Aunque, sólo al final descubrimos que ni la derrota ni el tiempo disponen de la última palabra, sino que el gran diálogo entre los siglos y las generaciones no se interrumpe mientras permanezca la belleza, el deber de la memoria y el amor. Eso y la perseverancia ante las cenizas de un edén que dejó de ser tal para dar lugar a un mundo muy distinto al que habían soñado. “En fin, lo que sería nuestro legado –leemos ya en las últimas páginas del libro–. Nosotros perdimos el contacto con nuestro pasado y estábamos destinados a ser incapaces de encontrar el lugar que nos correspondía en la Historia, una de las formas con que llamamos a la vida. Habíamos dejado de ser nosotros y ni siquiera nos expulsaron del Paraíso. Lo abandonamos por nuestro propio pie, casi sin darnos cuenta de que estábamos dejando su umbral atrás”. Constituye una noble misión del escritor dar cuenta de ello. Y es lo que consigue José Carlos Llop en esta magnífica novela.

Artículo publicado en Ahora Semanal.

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