El lado oscuro

“Europa afronta cinco o seis crisis simultáneas”, ha declarado George Soros en una larga entrevista concedida al medio alemán WirtschaftsWoche. Grecia, Rusia y Ucrania, el referéndum británico sobre la salida del Reino Unido de la UE, Siria y el vendaval migratorio, la debilidad económica… “Al reconocer un problema –prosigue el financiero de origen húngaro–, adquirimos conciencia de que hay que actuar. Es la lección principal que aprendí en mis primeros años. En 1944, cuando los nazis ocuparon Budapest, yo no habría sobrevivido si mi padre no nos hubiera conseguido pasaportes falsos. Él me enseñó que es mucho mejor afrontar la dura realidad que cerrar los ojos. Y, una vez que tomas consciencia de los peligros, tus probabilidades de sobrevivir son mucho mayores si corres algún riesgo que si sigues a la mayoría. Es por eso mismo que, a lo largo de mi vida, me he obligado a mirar el lado oscuro.”

El péndulo de la actualidad se mueve alocadamente entre el optimismo desaforado y el catastrofismo apocalíptico. Soros, en cambio, plantea que, para ser de verdad originales, conviene situarse en el justo medio: interpretar el futuro con esperanza, pero con la debida precaución al mismo tiempo. La Historia no es un juego de niños ni un espacio neutro. Detrás de las grandes fuerzas –sociales, culturales, económicas y tecnológicas–, se encuentra el ser humano, con sus dosis de ira, miedo, deseo y fragilidad. La locura colectiva de las masas va en este mismo equipaje. Forzarse a mirar el lado oscuro, incluso en los momentos de mayor optimismo o estabilidad, supone asumir que la realidad es mucho más frágil de lo que creemos.

Hace dos décadas muy pocos podrían haber pronosticado cómo sería el mundo actual. Internet empezaba a propagarse, al igual que el correo electrónico. No existían los smartphones ni Whatsapp ni Twitter ni Facebook. Todavía pensábamos en pesetas y la burbuja inmobiliaria no había explotado. Era un mundo relativamente equilibrado que celebraba el final de la tiranía comunista y el inicio de una nueva época de prosperidad. Lo que llegó, en cambio, fue el 11-S en 2001, la guerra de civilizaciones, el fuerte oleaje creado por las subprimes, la deuda soberana y un masivo endeudamiento global. Tampoco en España, recién salidos del éxito de los Juegos Olímpicos, era previsible el final del bipartidismo, una metástasis a la italiana de la corrupción, la  situación agónica del socialismo clásico, el retorno de los populismos y del discurso de las dos Españas, y la radicalización del catalanismo moderado. Los conflictos y las tensiones conforman la Historia. Y casi siempre llegan como una sorpresa.

Pero apelar al justo medio también nos exige no ser catastrofistas, sino confiar en la inteligencia y en la capacidad humana para buscar soluciones razonables. Sin duda, Europa –y España– se enfrentan a un  conjunto de crisis superpuestas, lo que acrecienta el peligro. En esta situación, no hacer nada y cerrar los ojos a la realidad resulta tan pernicioso como sobreactuar. Alemania debe asumir su protagonismo, como auténtica potencia hegemónica del continente, y aceptar las dificultades que conlleva esta posición. En España, los partidos de la estabilidad deben asimilar que el rostro del país ha cambiado y que la parálisis sólo conduce a agravar aún más la situación. Unas nuevas elecciones generales no resolverían nada, a pesar de que pudiera beneficiarse algún partido determinado. Y me temo que seguir las inercias del tiempo sólo conduce al fracaso. Con tantos frentes abiertos, la homeopatía constituye el remedio preferido de los charlatanes y no el de los estadistas.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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