Principio de realidad

En el mundo de la política líquida muy pocas cosas son definitivas: seguramente sólo las pulsiones humanas, el orgullo y el deseo de poder; el miedo y el instinto. Y también, por supuesto, el principio de realidad que, al final, impone siempre su ley. Si hablamos puramente de incentivos, sólo a ERC le podían interesar unos nuevos comicios. Las encuestas alertaban de un descalabro absoluto para los antiguos convergentes, tradicional eje vertebrador de la política catalana. Cortada en dos, bajo el símbolo de un empate a doble quince, la CUP corría el riesgo de resquebrajarse, siguiendo la vieja tradición de los movimientos asamblearios: el filoconvergente Antonio Baños y su némesis, Anna Gabriel –ahora al  parecer laminada por el acuerdo–; la CUP rural de la Cataluña profunda y la CUP “pija” de Barcelona, de extracción convergente, que odiaba freudianamente al padre…; los cupaires se rompían en dos, con amenaza incluida de transfuguismo en el último instante.

En unas nuevas autonómicas, el independentismo unilateral hubiera perdido seguramente el momentum, asolado por la crecida del “dret a decidir” que propugnan Ada Colau y sus partidarios. Los incentivos urgían la necesidad de llegar a un acuerdo. El problema era Mas –de hecho, el problema para el pacto siempre ha sido Mas.

A lo largo de la historia, regresa una y otra vez la disyuntiva evangélica que cantó Espriu: “A vegades és necessari i forçós / que un home mori per un poble…” En el caso catalán, el empecinamiento de Mas en capitalizar el proceso había empezado a agrietar a su propio partido. Se trata de un efecto del nihilismo que marca su sentido político –“divide et impera”–, aunque ha terminado por girarse en su contra. Una lectura precipitada de este “paso al lado” abonaría la idea de que Mas ha decidido seguir gobernando a través de una figura auxiliar, al igual que hizo Putin con Medvédev en Rusia. Es posible –todo es posible–, pero lo dudo. Hay que  pensar más bien que la designación de Puigdemont como presidente de la Generalitat ha sido una especie de golpe de Estado interior y que ahora, con todo, lo que se busca es salvarle la cara al ya expresident. Su dureza en el discurso del sábado, riñendo a los cupaires y anunciando que no se retiraba de la política, cabe interpretarlo como orgullo herido. Mas empieza ya a formar parte del pasado –el procés, no.

Vienen 18 meses muy complicados, con una clara aceleración de los tiempos rupturistas. Pero de nuevo hay que volver al principio de realidad. En los procesos revolucionarios triunfan las minorías más cohesionadas, que acaban beneficiándose de la situación de caos. En el marco del Estado Liberal de Derecho, no obstante, impera el orden institucional y el de la ley. Es lógico que sea así. Y por eso mismo, algunos teóricos de la independencia han subrayado una evidencia histórica: sin una fuerte fractura institucional y civil no hay, no puede haber, ruptura. Al procés le beneficia la ausencia de un gobierno estable en Madrid y la difícil consecución de acuerdos parlamentarios en el Congreso; pero, tras el pacto de Junts pel Sí con la CUP, una gran coalición resulta más previsible que antes, aunque no segura ni mucho menos. La misma radicalización del nuevo Govern acelera la descomposición de las instituciones catalanas y acrecienta los temores de las clases medias. Paradójicamente, sin Mas estos miedos se revelan con una claridad todavía mayor. Y es que, faltando el sostén emocional de las clases medias, cualquier política se sectariza. Cataluña no será una excepción. De hecho, no lo es.

Nos dirigimos a un choque de legitimidades, donde nadie tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Parece la consecuencia inevitable de una metafísica que ignora la proteica complejidad de la sociedad española. La ruptura unilateral terminará cediendo ante la fortaleza democrática de las instituciones y el orden europeo. Lo cual no excluye que, antes o después, haya que empezar a sanar heridas y superar la cultura de la división –derechas e izquierdas, periferia y centro, vieja y nueva política. Ese territorio todavía está por explorar. Y, aunque con la efervescencia del momento resulte ahora inviable, a medio plazo no quedará otro camino si no queremos que España caiga otra vez en uno de sus recurrentes bucles melancólicos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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