El despertar de la fuerza

Ignoro si George Lucas, cuando rodó La guerra de las galaxias a finales de la década de los 70, pensaba en ofrecer algo más que una buena película de entretenimiento. Eran los años en que la ciencia ficción despertaba la imaginación colectiva y conjuraba el miedo cotidiano a un conflicto nuclear entre las dos grandes potencias de la época, la URSS y los EE.UU. De Isaac Asimov a divulgadores como Carl Sagan, el espacio interestelar alimentaba un deseo utópico situado fuera del presente. Un gurú de la mitología formado con el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung y profesor en la Universidad de Princeton, Joseph Campbell, facilitó el encuadre que necesitaba George Lucas.

Campbell compendiaba las aspiraciones de una espiritualidad con vagas resonancias orientales y el melting pot de la New Age. Nada especialmente profundo, pero sí misterioso y de una sabiduría digamos que vaporosa y resultona. La teoría central del profesor americano giraba en torno al mito clásico del héroe: un joven valeroso y bien intencionado que se ve obligado a madurar cuando se enfrenta cara a cara con el mal. La historia de los Skywalker –“peregrinos del cielo”– se ajusta perfectamente a este ciclo, incluso con el desenlace del amor  redentor. En efecto, Anakin / Darth Vader afronta al final de su vida una segunda prueba, en la que tiene que decidir entre su lealtad al lado oscuro, simbolizado por el Emperador, o el amor paterno por su hijo Luke. Por supuesto, el bien acaba triunfando.

George Lucas facturó seis películas, de las que sólo una –El imperio contraataca– puede considerarse una obra lograda. Su éxito de público se asienta básicamente sobre dos personajes: el pérfido –aunque ambiguo– Darth Vader y el contrabandista Hans Solo, interpretado por Harrison Ford. Si el primero era una especie de sumo sacerdote del mal, con su dosis de sabiduría y de autocontrol, el segundo ejemplificaba el espíritu descreído, generoso y bonachón de un hombre corriente. Ambos personajes no dejaron de crecer a lo largo de la primera trilogía y, sobre todo, Lord Vader ha ejercido una poderosa influencia sobre el imaginario de los fans. Le ayudaba su ambigüedad, su fría inteligencia y el sacrificio final por su hijo. Era un villano con los matices suficientes para convertirse en atractivo y seductor. Lo que no se puede afirmar de la mayoría de los malos de cómic.

El estreno de El despertar de la fuerza ha provocado reacciones encontradas entre los waries. Como espectáculo cinematográfico funciona razonablemente a lo largo de la primera media hora, para luego ir desinflándose. Ya sin George Lucas, la factoría Disney parece haber pergeñado un remake con los mejores momentos de la trilogía central de la saga, pero todo lo que la hacía icónica falla en esta ocasión. Para empezar, los malos carecen de matices creíbles y se mueven entre la estética del videojuego –Snoke– y el descontrol hormonal de un adolescente con ínfulas –Kylo Ren–. Entre los buenos, sólo Rey, la protagonista, adquiere cierto estatus y ofrece la potencialidad de una historia que nos pueda interesar en el futuro: ¿quién es? ¿De dónde proviene su contacto con la Fuerza? ¿Qué relación le acerca al viejo Luke y al joven Kylo Ren? Pero, por lo demás, la película constituye un claro fiasco: políticamente correcta hasta en su selección de actores, falsamente nostálgica y maniquea hasta lo corrosivo. Y, por supuesto, se ha convertido ya en una máquina de ganar dinero.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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