Una legislatura corta

La España ingobernable deja algunos titulares curiosos. El principal responde a las reservas de moderación que hay en el país y que siguen siendo dominantes en el parlamento y en la sociedad. A pesar del éxito de Podemos y de sus heterogéneos aliados territoriales, buena parte del país ha optado por el PP o el PSOE que, juntos, obtienen la mayoría. En la misma línea, habría que emplazar también a partidos nuevos, como Ciudadanos, o veteranos, como el PNV del lehendakari Urkullu o Coalición Canaria. Frente a ellos se sitúa un magma importante, impulsado por el discurso del resentimiento y que ha salido reforzado de estas elecciones, aunque incapaz de dar el sorpasso definitivo. Un segundo titular invita a la tranquilidad económica. Sin duda, una España ingobernable no invita al optimismo –y las experiencias de Italia o Grecia lo confirman–; no obstante, al menos para este próximo año, el gobierno ha aprobado los presupuestos generales del Estado que aseguran un marco de estabilidad. Con ello se gana un tiempo necesario para intentar algún tipo de alianza estable e iniciar reformas de calado político e institucional. El escenario a día de hoy está abierto; sin embargo, no es rupturista ni revolucionario. La sociedad española puede desear cambios, pero no sustos ni cambios drásticos.

Un tercer titular nos advierte de que el 20-D no hubo ningún triunfador real, ni siquiera el único que puede estar medianamente satisfecho con sus resultados, Pablo Iglesias. El PP ha perdido 60 diputados a pesar de que la economía está creciendo cerca del 4%. Es algo que no creo que haya sucedido antes en la democracia española. Además del diezmo de la corrupción, Rajoy paga la ausencia de un discurso político a lo largo de esta legislatura. El perfil de sus ministros ha sido discreto y se ha movido entre personajes singulares, como Fernández Díaz, y gestores ajenos al día a día en la calle. Si Aznar se echó a perder por la excesiva ideologización, Rajoy quiso gestionar una España de provincias, amorfa y sin ideas, precisamente en este momento histórico en el que el debate sobre nuestra democracia ha adquirido una mayor crispación ideológica: de la cuestión territorial a la deconstrucción victimaria de los logros de la Transición. Recuperar la centralidad y el prestigio de la política deben ser los objetivos ineludibles del nuevo gobierno.

El PSOE también ha perdido, canibalizado por todos, víctima del legado del zapaterismo y de un líder romo y sin sustancia. Todavía es la segunda fuerza nacional, pero ha quedado extraordinariamente debilitado y, en exceso, dependiente de sus graneros del sur. Entre los hechos positivos, se encuentra la recuperación de una parte del voto socialista en Cataluña, lo que subraya el amplio espacio que el centrismo dialogante puede ocupar en el Principado, y más aún tras la desaparición de Unió y el declive, elección tras elección, de Mas. Por su parte, Podemos ha obtenido unos resultados históricos, aunque sin alcanzar la hegemonía en la izquierda. Su capacidad de articular pactos de gobierno resulta, por lo demás, escasa, a no ser con los partidos antisistema. Ciudadanos ha sido víctima de las expectativas y de sus propios errores. Carece de una estructura solvente, de equipo y de conocimiento del país. No tiene más remedio que pactar, ya que la convocatoria de unas elecciones anticipadas hundiría sus expectativas de voto a favor del voto útil al PP. Por tanto, Rivera necesita tiempo para crecer él como candidato y, sobre todo, para formar un equipo mucho más sólido, competente y bregado.

En los próximos meses, habrá que estar atentos a dos incógnitas: la española y la catalana. ¿Pactará la CUP con un Mas debilitado, aprovechando la ausencia de un pacto sólido de gobierno en Madrid? Es lo que parece indicar el preacuerdo de este martes. Del mismo modo, ¿qué sucederá en Madrid? Sólo caben dos opciones: o un gran pacto de Estado con PP-PSOE-Cs –que perjudicaría a medio plazo a Podemos– o la convocatoria de unas nuevas generales. Seguramente nos dirigimos hacia lo primero, aunque sea por la vía indirecta de la abstención, sobre todo si finalmente se confirma el acuerdo con la CUP en Cataluña. Se avecina, en todo caso, una legislatura peligrosa, corta e intensa. Y más política que económica.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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